Raúl Mora Amador: cuando el talento queda solo

Allan Astorga G. & Gino González I.

La muerte de Raúl Mora Amador no es solo una pérdida humana profundamente dolorosa. Es también un hecho que obliga a una reflexión incómoda dentro del ámbito científico y académico costarricense. No basta con las condolencias públicas ni con los reconocimientos póstumos. Si realmente queremos honrar su memoria, debemos tener la valentía de preguntarnos qué falló.

Raúl fue un vulcanólogo excepcional. Investigador incansable, hombre de campo, docente comprometido, divulgador claro y responsable. Tenía una energía poco común y una convicción profunda por servir al país. Quienes trabajamos cerca de él sabemos que su vocación no era superficial: era una entrega genuina a la ciencia y a Costa Rica.

Sin embargo, también sabemos que su trayectoria profesional atravesó momentos de fuerte desgaste institucional. En distintos periodos, un grupo de jóvenes científicos con enorme potencial —del cual Raúl formaba parte activa— pudo haberse consolidado como una nueva etapa de liderazgo en la vulcanología nacional. Ese impulso se fue debilitando en medio de dinámicas internas que, vistas en retrospectiva, evidencian que el talento no siempre encuentra respaldo proporcional dentro de las estructuras académicas.

No se trata de señalar nombres ni de simplificar procesos complejos. Las universidades son espacios con múltiples intereses, tensiones y equilibrios delicados. Pero sí corresponde afirmar que cuando un investigador comprometido pierde proyectos, pierde espacio académico, pierde respaldo institucional y queda progresivamente aislado, el impacto humano puede ser devastador.

A mi juicio personal, expresado con responsabilidad y respeto, el deterioro profesional y emocional que Raúl experimentó no puede entenderse desligado de ese contexto institucional. Cuando el sistema no logra contener los conflictos, mediar adecuadamente las diferencias y proteger a sus científicos más valiosos, la omisión también tiene consecuencias.

La ciencia no es una estructura abstracta: es una comunidad de personas. Y cuando predominan la indiferencia, los celos profesionales, las rivalidades internas o la falta de acompañamiento efectivo, el sistema se vuelve frío. A veces peligrosamente frío. Un sistema que no cuida a su gente termina perdiendo a su gente.

Raúl no perdió solo un espacio laboral. Perdió proyectos, perdió estabilidad, perdió entorno profesional. Y cuando la estructura que debería sostener a un investigador se debilita, también se debilita la persona. No afirmo que exista una causa única ni simplista. Pero sí sostengo que el abandono institucional —sea por acción o por omisión— forma parte de la historia que debemos atrevernos a revisar.

Hoy muchos expresan tristeza. Y es genuina. Pero la tristeza no basta si no se acompaña de autocrítica. ¿Qué mecanismos reales existen para proteger el talento científico cuando surgen conflictos internos? ¿Qué protocolos hay para evitar que un investigador quede aislado profesionalmente? ¿Quién asume la responsabilidad de intervenir cuando el desgaste humano se vuelve evidente?

Este artículo no es una acusación personal. Es una interpelación al sistema. Porque cuando un científico brillante termina solo, debilitado y sin el respaldo que merecía, la institución también debe mirarse al espejo.

La pérdida de Raúl representa también la pérdida de un impulso generacional en la vulcanología costarricense. Un grupo con enorme capacidad se fragmentó. Un potencial que pudo fortalecer al país se diluyó. Eso no es una interpretación emocional; es una realidad profesional que muchos conocen y pocos se atreven a decir.

Si su muerte nos deja una lección, es esta: las instituciones deben ser más humanas, más valientes y más maduras. No podemos permitir que el talento se desgaste en conflictos internos ni que el silencio institucional sustituya el acompañamiento.

Raúl amó la vulcanología y amó a Costa Rica. Honrarlo implica algo más que homenajes. Implica revisar cómo funcionamos como comunidad científica y asegurarnos de que nunca más el sistema deje solo a uno de los suyos.

 

Raúl no fue vencido por la falta de talento, sino por la fragilidad de un sistema que aún debe aprender a cuidar a los suyos.

 

Alan Astorga

Geólogo