El próximo gran terremoto de Limón: ¿estamos construyendo para resistirlo?

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1. Recordar el pasado para construir un futuro más seguro

Introducción

Costa Rica impulsa actualmente importantes inversiones para el desarrollo de la provincia de Limón. La modernización de puertos, carreteras, puentes, infraestructura turística, zonas industriales y nuevos proyectos urbanos representa una oportunidad extraordinaria para fortalecer el crecimiento económico del Caribe costarricense. Sin embargo, precisamente porque muchas de estas obras deberán permanecer en funcionamiento durante cincuenta años o más, resulta indispensable incorporar desde su planificación el mejor conocimiento científico disponible sobre el territorio donde serán construidas.

La geología no constituye un obstáculo para el desarrollo. Por el contrario, permite comprender cómo evoluciona el territorio, reconocer las amenazas naturales y reducir las vulnerabilidades antes de que ocurra un desastre. Las sociedades que han logrado convivir exitosamente con terremotos, tsunamis y otros fenómenos naturales no lo han conseguido porque esos eventos hayan desaparecido, sino porque aprendieron a planificar considerando la realidad geológica de su territorio.

Costa Rica dispone de uno de los mejores Códigos Sísmicos de América Latina, producto del trabajo de varias generaciones de ingenieros e investigadores. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que el diseño estructural constituye solamente una parte de la gestión preventiva del riesgo. También es necesario comprender la evolución geológica del territorio, ordenar adecuadamente el uso del suelo e incorporar las amenazas naturales dentro de la planificación de largo plazo.

Los recientes terremotos ocurridos en Venezuela recordaron que incluso edificaciones relativamente modernas pueden sufrir daños importantes cuando convergen diversos factores de vulnerabilidad. Esa experiencia reafirma que la reducción del riesgo depende de una visión integral, donde la ingeniería, la geología, el ordenamiento territorial y la preparación institucional trabajen de manera complementaria.

Este artículo no pretende cuestionar el desarrollo de Limón. Muy por el contrario, busca contribuir a que las inversiones que hoy realiza el país alcancen los mayores niveles posibles de seguridad, resiliencia y sustentabilidad. Como geólogo que ha participado durante más de tres décadas en el estudio de la evolución del Caribe costarricense, considero que ese conocimiento puede aportar elementos útiles para fortalecer la planificación territorial y la gestión preventiva del riesgo.

La idea central que se plantea es sencilla: los grandes terremotos no son acontecimientos aislados. Forman parte de procesos geológicos que continúan actuando durante millones de años. Aunque la ciencia no puede predecir cuándo ocurrirá el próximo gran terremoto, sí puede reconocer escenarios geológicamente plausibles y utilizar ese conocimiento para orientar mejor las decisiones que se toman en el presente.

La hipótesis que se propone en este artículo es que la evolución observada del litoral caribe, analizada conjuntamente con el marco tectónico regional, la historia sísmica y más de tres décadas de observaciones de campo, constituye un conjunto de evidencias que justifican incorporar el escenario de un futuro gran terremoto dentro de la planificación estratégica del Caribe costarricense, sin que ello implique una predicción sobre cuándo ocurrirá.

Una tarde que Costa Rica nunca olvidó

La tarde del 22 de abril de 1991, pocos minutos antes de las cuatro de la tarde, Costa Rica experimentó uno de los terremotos más importantes de su historia reciente. En pocos segundos un sismo de magnitud Mw 7,7 sacudió prácticamente todo el territorio nacional y modificó de manera permanente una extensa porción del Caribe sur.

En aquella época no existían teléfonos celulares ni redes sociales. La información llegaba lentamente y miles de familias intentaban comunicarse sin éxito mientras aumentaba la incertidumbre sobre la magnitud de la tragedia. Conforme avanzaron las horas se confirmó que el epicentro se localizaba en el Caribe sur y que el país enfrentaba uno de los desastres naturales más importantes del siglo XX.

Desde el punto de vista geológico, aquel terremoto representó un extraordinario laboratorio natural. En cuestión de segundos el relieve cambió, parte de la costa emergió varios metros y numerosos arrecifes coralinos quedaron expuestos sobre el nivel del mar.

El movimiento sísmico también generó un tsunami que afectó la costa Caribe de Costa Rica y el norte de Panamá. Diversos estudios estiman que las olas alcanzaron entre tres y cinco metros de altura en algunos sectores, penetraron la trasplaya y ocasionaron daños adicionales. Este hecho recuerda que los grandes terremotos del Caribe pueden generar múltiples amenazas de manera simultánea.

Cabe destacar que este terremoto provocó el deceso de 48 personas y daños en infraestructura cuyo costo total significó el 4,21 del Producto Interno Bruto de Costa Rica para el año 1991 (Morales, 1994).

Treinta y cinco años observando la evolución del Caribe

Pocos días después del terremoto participé en los primeros reconocimientos geológicos realizados a lo largo del litoral Caribe. Lo que inicialmente fue un trabajo de evaluación de daños terminó convirtiéndose en una investigación que se ha extendido durante más de tres décadas.

Las observaciones recientes muestran un hecho particularmente interesante. En diversos sectores del Caribe el mar ha comenzado a recuperar lentamente parte del terreno que perdió después del levantamiento cosísmico de 1991. En algunos sitios la playa vuelve a ser más estrecha y la línea de costa se aproxima nuevamente a la vegetación costera.

Esta situación nos muestra un ciclo natural que hace que la línea costera que se alejó con el terremoto regrese hacia la tierra y, de paso, constituye una evidencia de que el ciclo tectónico regional continúa evolucionando y que el levantamiento costero observado en 1991 no representa un estado permanente y que el final del ciclo podría corresponder con otro nuevo gran terremoto.

2. La geología que explica el pasado y ayuda a comprender el futuro

Comprender el terremoto de Limón de 1991 requiere observar el Caribe costarricense desde una perspectiva regional. Aunque la mayor parte de los costarricenses asocia los terremotos con la subducción de la placa del Coco, el terremoto de Limón respondió a un mecanismo tectónico diferente.

En este trabajo se utiliza el concepto de Bloque Guaymí para describir el bloque cortical que comprende el sur de Costa Rica, Panamá y parte del Chocó colombiano, que el autor considera más apropiado que el término “Microplaca de Panamá”, por las razones tectónicas expuestas en Astorga (1996) (ver Figura 1).

Fig. 1. Modelo tectónico – neotectónico del sur de Centroamérica, con particular énfasis en los bloques tectónicos corticales y sus límites tectónicos principales. Fuente: Astorga (2026).

Dentro de ese contexto regional se desarrolla el Cinturón Deformado del Caribe Sur, donde la corteza terrestre se encuentra sometida a esfuerzos compresivos que generan plegamientos, fallas inversas y cabalgamientos. Cuando la energía acumulada supera la resistencia de las rocas, se libera en forma de grandes terremotos.

El mayor levantamiento cosísmico ocurrió del terremoto de Limón de 1991 en las cercanías de Puerto Limón (casi 2 metros en la zona de Piuta). Esta evidencia permite plantear la hipótesis de que el Promontorio Estructural de Limón podría representar el resultado acumulado de numerosos episodios de levantamiento tectónico ocurridos durante millones de años.

La posible influencia de la Dorsal del Coco

La evolución tectónica del Caribe costarricense no puede analizarse de forma aislada de los procesos que ocurren en el Pacífico. Uno de los elementos más importantes es la Dorsal del Coco, una extensa elevación submarina que se desplaza hacia Costa Rica junto con la placa del Coco y se introduce bajo el sur del país.

La llegada progresiva de esta dorsal al margen centroamericano modificó el régimen de esfuerzos que actúa sobre el territorio. La corteza comenzó a experimentar una compresión más intensa, acompañada por levantamientos montañosos importantes (Cordillera de Talamanca), deformaciones y cambios en la distribución de las fallas. Aunque este proceso se manifiesta con mayor claridad en el Pacífico sur, sus efectos pueden extenderse hacia el interior del país y alcanzar también el margen Caribe.

En este artículo se plantea que la interacción de la Dorsal del Coco con el sur de Costa Rica pudo contribuir al fortalecimiento  e intensificación de la compresión que afecta al Bloque Guaymí y al desarrollo del Cinturón Deformado del Caribe Sur. De esta manera, procesos que habitualmente se estudian por separado podrían formar parte de un mismo sistema tectónico regional.

Esta interpretación ayuda a comprender por qué el Caribe costarricense no es un margen pasivo ni estable. Aunque la actividad sísmica más frecuente del país se concentra en el Pacífico, el Caribe también acumula esfuerzos y puede liberar grandes cantidades de energía mediante terremotos de magnitud considerable.

Esta interpretación constituye una hipótesis tectónica que deberá continuar siendo contrastada mediante futuras investigaciones geológicas y geofísicas.

Los arrecifes coralinos como memoria geológica

Los arrecifes coralinos del Caribe poseen un enorme valor ecológico, pero también contienen información fundamental sobre la historia tectónica de la región. Su posición respecto al nivel del mar permite reconocer antiguos movimientos verticales de la costa.

Cuando un terremoto produce un levantamiento permanente del terreno, algunos arrecifes que se encontraban bajo el agua quedan expuestos (ver Figura 2). A partir de ese momento comienzan a erosionarse, son colonizados por vegetación y pasan a formar parte del paisaje terrestre.

Eso ocurrió de manera muy clara después del terremoto de Limón de 1991. En varios sectores del litoral quedaron expuestas superficies arrecifales que anteriormente permanecían sumergidas. Estos arrecifes funcionan como un archivo natural que permite reconstruir antiguos episodios tectónicos.

Su conservación protege simultáneamente la biodiversidad y una parte de la memoria geológica del Caribe costarricense.

Fig. 2. Foto tomada por A. Astorga en abril de 1991, en el área de Limón. Se observa el arrecife coralino recien levantado como producto del Terremoto (Mw 7.7) de Limon. Insertado se observa el mapa del levantamiento costero diferencial que se dió (cf. Astorga, A., 1991).

La historia sísmica confirma que el sistema continúa activo

La interpretación geológica encuentra un respaldo importante en la historia sísmica del Caribe sur de Costa Rica y del norte de Panamá. Los documentos disponibles muestran que durante los últimos dos siglos esta región ha sido afectada repetidamente por terremotos importantes.

Entre los principales eventos registrados se encuentran los terremotos de 1822, 1916, 1926, 1953 y 1991. Cada uno ocurrió bajo condiciones particulares, pero todos forman parte del mismo contexto tectónico regional (ver figuras 3 y 4).

Estos eventos no ocurrieron a intervalos exactamente regulares. Sin embargo, su distribución demuestra que el sistema libera periódicamente la energía que acumula. La historia sísmica no permite establecer la fecha del próximo gran terremoto, pero sí confirma que el sistema continúa activo y que el terremoto de 1991 fue parte de una secuencia mucho más amplia.

Fig. 3. Principales terremotos ocurridos en los últimos 200 años en el Caribe Sur de Costa Rica y el norte de Panamá. La distribución histórica evidencia que el sistema ha producido repetidamente grandes terremotos durante los últimos dos siglos; sin embargo, no presenta una periodicidad regular. La información histórica permite reconocer un sistema tectónicamente activo, pero no establecer intervalos de recurrencia fijos.

Fig. 4. Localización de principales terremotos históricos e instrumentales identificados para el Caribe de Costa Rica y Panamá durante los últimos dos siglos. Fuente: Zamora, Arroyo-Solorzona, Porras, Chacón, Rivera & Murillo (2021).

El tsunami de 1991 y la amenaza costera

El terremoto de 1991 no produjo únicamente sacudidas intensas y levantamiento del terreno. También generó un tsunami que afectó sectores del Caribe costarricense y del norte de Panamá (ver Figura 5).

Fig. 5. Fotografía del tsunami en Playa Julio Abrego, Panamá. Fuente: Nishenko et al. (2021). Se observa como se inundó toda la trasplaya, incluyendo la zona marítima terrestre y algo más.

En algunos puntos se registraron olas de aproximadamente tres a cinco metros que penetraron la trasplaya y ocasionaron daños adicionales. La experiencia demuestra que la amenaza sísmica del Caribe debe analizarse conjuntamente con la amenaza por tsunami.

Este aspecto resulta especialmente importante para instalaciones turísticas ya existentes, particularmente en la zona marítima terrestre, así como puertos, marinas, instalaciones turísticas, comunidades costeras, carreteras litorales y zonas industriales cercanas al mar. La planificación moderna debe incorporar rutas de evacuación y selección de sitios de seguridad, sistemas de alerta y una adecuada selección de los sitios donde se desarrollarán nuevas inversiones, así como sus medidas de resiliencia y seguridad.

3. Una costa que revela la evolución del ciclo sísmico

Inmediatamente después del terremoto de 1991 amplios sectores de la costa quedaron más elevados respecto al nivel del mar. Como consecuencia, el mar retrocedió y muchas playas se ensancharon.

Durante las décadas posteriores el oleaje, las corrientes y el transporte de sedimentos comenzaron a reorganizar nuevamente las playas. Las observaciones recientes muestran que en varios sectores el mar ha recuperado lentamente parte del terreno perdido y vuelve a aproximarse a la vegetación costera (ver Figura 6).

Fig. 6. Fotografía reciente (julio del 2026) de la playa Cahuita donde se observa que la línea de costa se encuentra muy cercana a la berma de playa (zona con vegetación). Fuente: A. Astorga.

Si este comportamiento se ha repetido después de terremotos anteriores, la configuración actual del litoral podría representar una etapa avanzada del ciclo tectónico regional. Esta interpretación no constituye una predicción sísmica, pero sí una hipótesis geológica que, integrada con la tectónica, la historia sísmica y las observaciones de campo, fortalece la necesidad de aplicar el principio precautorio y mejorar la planificación territorial.

Del conocimiento geológico a la planificación del futuro

Las observaciones presentadas hasta este punto permiten formular una reflexión que trasciende el interés puramente académico. El propósito de estudiar la evolución geológica del Caribe costarricense no consiste únicamente en reconstruir lo ocurrido en el pasado, sino en utilizar ese conocimiento para tomar mejores decisiones hacia el futuro.

Durante los últimos treinta y cinco años la costa ha continuado evolucionando. Las modificaciones observadas en la línea litoral representan la respuesta natural de un territorio que permanece sometido a procesos tectónicos, oceanográficos y sedimentarios que siguen actuando después del terremoto de 1991.

La interpretación propuesta parte de esa evolución. El levantamiento cosísmico produjo una ampliación temporal de las playas al alejar el mar de la vegetación costera. Posteriormente, la dinámica marina comenzó a recuperar gradualmente parte de ese espacio. Hoy, en diversos sectores del Caribe, la línea de costa vuelve a aproximarse a la vegetación y la playa presenta nuevamente un ancho menor que el observado inmediatamente después del terremoto.

La principal hipótesis que propone este artículo es que la evolución reciente del litoral constituye un indicador geomorfológico compatible con el avance del ciclo sismotectónico regional: los grandes terremotos elevan temporalmente la costa y amplían las playas; posteriormente, durante varias décadas, el oleaje y los procesos naturales (incluyendo la compensación isostática) reorganizan el litoral hasta aproximarlo nuevamente a una condición semejante a la existente antes del evento sísmico. La playa pasa así a formar parte del ciclo geológico asociado a la acumulación y liberación de esfuerzos tectónicos. 

Cuando esta observación se integra con el marco tectónico regional, la historia sísmica y las demás evidencias geológicas, el resultado es una interpretación coherente que merece incorporarse dentro de la planificación territorial.

Aunque el ascenso global del nivel medio del mar asociado al cambio climático constituye un proceso real y ampliamente documentado, en el Caribe sur de Costa Rica la magnitud y velocidad de los cambios observados parecen estar dominadas principalmente por procesos tectónicos regionales, sin excluir una contribución secundaria de las variaciones eustáticas.

Un aspecto que fortalece esta interpretación es que no se fundamenta en una única observación aislada, sino en la convergencia de varias líneas independientes de evidencia. Por una parte, el marco tectónico regional demuestra que el Cinturón Deformado del Caribe Sur continúa activo y que el Bloque Guaymí permanece sometido a esfuerzos compresivos en ambas costas. Por otra, la historia sísmica confirma que este sistema ha generado repetidamente terremotos importantes durante los últimos dos siglos. A ello se suma la evolución geomorfológica observada en el litoral y las evidencias obtenidas mediante más de tres décadas de trabajo de campo. Consideradas en conjunto, estas observaciones configuran un escenario geológicamente consistente que merece incorporarse a la planificación territorial.

Desde esta perspectiva, la aproximación progresiva de la línea de costa hacia condiciones semejantes a las existentes antes del terremoto de 1991 podría constituir un indicador compatible con el avance del ciclo sismotectónico y sin que sea posible identificar cuándo ocurrirá el próximo terremoto en el Caribe Sur, nos llama la atención sobre la importancia de tomar acciones preventivas. 

El aporte central de esta hipótesis consiste precisamente en proponer una visión integradora. Tradicionalmente, la tectónica regional, la evolución costera, la historia sísmica y la planificación territorial han sido analizadas de manera relativamente independiente. En este trabajo se plantea que su análisis conjunto proporciona un marco conceptual más robusto para aplicar el principio precautorio, orientar el desarrollo futuro del Caribe costarricense y fortalecer la resiliencia de sus inversiones estratégicas, sin pretender establecer predicciones sísmicas específicas

El principio precautorio aplicado a la planificación

Uno de los mayores errores que puede cometer una sociedad es esperar a que ocurra un desastre para actuar. Cuando existe suficiente evidencia científica para considerar plausible un escenario de amenaza, resulta responsable comenzar a reducir las vulnerabilidades antes de que ese escenario se materialice.

Aplicado al Caribe costarricense, el principio precautorio no significa anunciar la ocurrencia de un terremoto. Significa reconocer que la información disponible justifica incorporar esa posibilidad dentro de la planificación de largo plazo. 

Este enfoque es consistente con la manera en que actualmente se gestionan otras amenazas naturales de baja frecuencia y alto impacto en numerosos países tectónicamente expuestos a terremotos y tsunamis.

Han transcurrido aproximadamente treinta y cinco años desde el terremoto de Limón de 1991. Para la geología ese período representa apenas un instante; para una carretera, un puerto o un puente constituye una parte importante de su vida útil. Precisamente por ello, las decisiones actuales influirán directamente en la capacidad de esas obras para enfrentar un futuro gran terremoto.

Resulta razonable que las nuevas inversiones estratégicas incorporen estudios geológicos detallados, análisis de amenazas múltiples, escenarios de tsunami y criterios modernos de ordenamiento territorial. De igual forma, los poblados costeros y las instalaciones turísticas ya existentes requieren de una modernización de su gestión de riesgo, con un aumento de resiliencia y seguridad de sus inversiones.

4. Una oportunidad histórica para Limón

La provincia de Limón atraviesa uno de los períodos de inversión pública y privada más importantes de su historia. Precisamente por ello, este es el momento adecuado para incorporar plenamente el conocimiento geológico dentro de la planificación.

La amenaza sísmica no debe interpretarse como un obstáculo para el desarrollo. Debe entenderse como una variable adicional que permita seleccionar mejor los sitios donde se ubicarán las nuevas inversiones, diseñar infraestructura más segura, fortalecer la resiliencia de las comunidades y reducir progresivamente la vulnerabilidad del territorio.

Planificar considerando la geología significa construir con una visión de largo plazo y preparar la infraestructura para convivir con un territorio cuya evolución tectónica continuará activa.

Construir hoy la resiliencia del Caribe del mañana

Las sociedades más resilientes son aquellas que utilizan el conocimiento científico para disminuir sus vulnerabilidades antes de que ocurra una emergencia. En el Caribe costarricense esa preparación debe incluir el fortalecimiento de la infraestructura existente, la incorporación de escenarios multiamenaza en los nuevos proyectos, la conservación de ecosistemas costeros, el fortalecimiento de los sistemas de alerta temprana y un ordenamiento territorial basado en evidencia científica. Cada estudio geológico, cada mapa de amenazas y cada plan regulador y plan de ordenamiento territorial representan inversiones en seguridad colectiva, incluyendo no solo el diseño estructural de las obras, sino también la continuidad operativa de servicios esenciales, corredores logísticos y cadenas de abastecimiento.

Reflexión final

Treinta y cinco años después del terremoto de Limón de 1991, el Caribe costarricense continúa evolucionando. La costa sigue cambiando, el mar continúa reorganizando las playas y los procesos tectónicos permanecen activos.

El propósito de este artículo no ha sido anunciar un terremoto. Ha sido compartir una interpretación geológica basada en décadas de observación de campo y proponer que ese conocimiento forme parte de la planificación del desarrollo del Caribe costarricense. Ha sido recordar que la ausencia de certeza sobre la fecha de ocurrencia no elimina la responsabilidad de prepararse para un escenario geológicamente plausible.

Si esta interpretación contribuye a mejorar la seguridad de una obra, fortalecer la preparación de una comunidad o incorporar mejores criterios de planificación territorial, el objetivo de este trabajo habrá sido alcanzado.

Las hipótesis aquí planteadas deberán seguir siendo evaluadas mediante nuevas investigaciones. Ese es el camino natural de la ciencia y la mejor manera de construir un Caribe más seguro, resiliente y verdaderamente sustentable.

Planificar considerando escenarios geológicos plausibles no incrementa el costo del desarrollo; por el contrario, protege las inversiones, reduce pérdidas futuras y fortalece la seguridad de las comunidades. La mejor infraestructura no es únicamente la que responde a las necesidades del presente, sino aquella preparada para convivir con la evolución futura del territorio.

El territorio continuará evolucionando con independencia de nuestras decisiones. La diferencia radica en que podemos decidir si las inversiones que hoy construimos estarán preparadas para convivir con esa realidad geológica o no.

Referencias principales

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