Crucitas: una decisión que trasciende la minería

Publicación en el Semanario Universidad (15/06/2026): https://semanariouniversidad.com/opinion/crucitas-una-decision-que-trasciende-la-mineria/

El debate sobre Crucitas trasciende la minería y plantea una pregunta estratégica: ¿cuál es el mejor futuro para la región norte-norte de Costa Rica

  • La minería ilegal en saprolitas y la eventual explotación industrial de los yacimientos de roca dura constituyen problemas distintos que no necesariamente tienen la misma solución.

  • Antes de decidir sobre un territorio de más de 840 km², el país debería valorar integralmente sus oportunidades ambientales, económicas, turísticas y estratégicas.

  • Costa Rica puede explorar alternativas que integren recuperación ambiental, desarrollo regional, control territorial y aprovechamiento responsable de sus recursos estratégicos

Comprender el territorio antes de tomar una decisión

En las últimas semanas, el debate nacional sobre Crucitas ha vuelto a ocupar un lugar destacado en la agenda pública. La posibilidad de reabrir la discusión sobre la explotación de oro en esta región fronteriza ha generado posiciones encontradas, algunas favorables y otras contrarias, en un contexto marcado por preocupaciones ambientales, expectativas económicas y la persistencia de la minería ilegal.

Sin embargo, antes de asumir una posición sobre la conveniencia o no de explotar los yacimientos auríferos existentes en la zona, resulta indispensable realizar un ejercicio previo de análisis: comprender adecuadamente el territorio sobre el cual se pretende tomar una decisión.

Este aspecto es fundamental porque el debate público suele concentrarse exclusivamente en la presencia de oro y los daños ambientales producidos hasta ahora por la explotación minera ilegal, dejando en un segundo plano una pregunta mucho más amplia y estratégica: ¿cuál debe ser el futuro de la región norte-norte de Costa Rica durante las próximas décadas?

Crucitas se localiza en el distrito de Cutris (843 Km2), cantón de San Carlos, una de las unidades territoriales más extensas del país. Se trata de una región fronteriza caracterizada por una baja densidad poblacional (19 habitantes por kilómetro cuadrado, en promedio), amplios espacios rurales y una ocupación relativamente dispersa del territorio. A diferencia de otras zonas del Valle Central o de los principales corredores urbanos del país, esta región mantiene importantes áreas con escasa intervención humana y con una significativa disponibilidad de espacio para actividades productivas, conservación ambiental y proyectos de desarrollo.

Históricamente, la región norte-norte ha permanecido relativamente alejada de los principales polos de inversión pública y privada del país. Durante gran parte de los siglos XIX y XX, la presencia institucional fue limitada y la infraestructura disponible resultó insuficiente para impulsar procesos sostenidos de desarrollo económico. Aunque durante las últimas décadas se han producido mejoras importantes en materia de conectividad vial, electrificación, telecomunicaciones y acceso a servicios básicos, todavía persisten importantes oportunidades para fortalecer la integración territorial de esta región con el resto del país.

Esta realidad territorial adquiere una relevancia especial cuando se analiza la discusión sobre la minería metálica. Con frecuencia se presenta a Crucitas como un problema exclusivamente asociado a la extracción de oro o a los impactos derivados de la minería ilegal. Sin embargo, una visión estratégica obliga a ampliar la perspectiva.

Lo que está en discusión no es únicamente el aprovechamiento de un recurso mineral. Lo que está en discusión es el futuro de una región completa, su modelo de desarrollo, su integración económica, su papel dentro de la dinámica fronteriza y las oportunidades que podría ofrecer a las generaciones futuras.

Por esa razón, cualquier decisión sobre Crucitas debe analizarse dentro de un marco territorial mucho más amplio. La pregunta central no debería limitarse a determinar cuánto oro existe bajo el suelo o cuál podría ser su valor económico. También debe considerar cuál es el potencial integral de la región, cuáles son las alternativas de desarrollo disponibles y cuál de ellas podría generar los mayores beneficios económicos, sociales, ambientales y territoriales para Costa Rica en el largo plazo.

En otras palabras, antes de discutir qué hacer con el oro, debemos comprender el territorio donde ese oro se encuentra. Solo a partir de esa comprensión será posible construir una decisión verdaderamente informada, estratégica y compatible con el interés nacional.

  1. El error conceptual que domina el debate: dos problemas distintos

Uno de los principales obstáculos para comprender adecuadamente la situación de Crucitas es la tendencia a presentar todos los acontecimientos relacionados con el oro como si formaran parte de un único problema. Sin embargo, desde una perspectiva geológica, ambiental y territorial, la realidad es considerablemente más compleja.

La discusión pública suele mezclar dos fenómenos diferentes que, aunque relacionados por la presencia del mismo recurso mineral, poseen características, escalas territoriales, dinámicas operativas e implicaciones ambientales muy distintas.

El primer fenómeno corresponde a la minería ilegal desarrollada sobre los depósitos superficiales de oro presentes en los suelos de meteorización, comúnmente conocidos como saprolitas. Estos materiales se originan por la alteración química de las rocas mineralizadas y pueden contener partículas de oro dispersas a poca profundidad bajo la superficie del terreno.

Desde hace varios años, grupos de coligalleros han realizado actividades extractivas ilegales sobre estos materiales en diferentes sectores de la región. Se trata de una actividad de carácter artesanal y disperso, que se desarrolla sobre extensiones relativamente amplias del territorio y que históricamente ha estado asociada al uso de mercurio y a otros métodos rudimentarios de recuperación del oro.

Los impactos derivados de esta actividad incluyen remoción de cobertura vegetal, alteración de los suelos, afectación de drenajes superficiales y contaminación localizada por el uso inadecuado de sustancias químicas. Además, debido a su carácter ilegal, esta actividad se desarrolla al margen de controles técnicos, ambientales y de seguridad ocupacional.

Este es un problema real y requiere una respuesta institucional firme, tanto desde la perspectiva ambiental como desde la perspectiva social y de seguridad.

Sin embargo, existe un segundo fenómeno completamente diferente.

Se trata de los yacimientos de oro contenidos en roca dura, particularmente los identificados en los cerros Botija y Fortuna, donde estudios geológicos realizados durante décadas permitieron determinar la existencia de reservas económicamente explotables mediante minería industrial.

En este caso ya no se trata de una actividad artesanal dispersa sobre amplias superficies. Se trata de un proyecto minero industrial altamente tecnificado, concentrado en áreas mucho más reducidas, que requiere inversiones de cientos de millones de dólares, procesos industriales complejos y un marco regulatorio específico.

La diferencia entre ambos fenómenos es fundamental.

Mientras la minería ilegal en saprolitas puede extenderse sobre áreas relativamente amplias del territorio, la explotación industrial de un yacimiento de roca dura se concentra en sectores específicos donde se localizan las reservas económicamente viables. Esta diferencia de escala es fundamental. La eventual explotación industrial de los cerros Botija y Fortuna no necesariamente resolvería por sí sola la totalidad de las presiones asociadas a la minería ilegal dispersa en otros sectores donde existen suelos mineralizados. En otras palabras, el área de interés de una eventual concesión industrial y las áreas impactadas por la extracción ilegal de saprolitas no son necesariamente coincidentes ni responden a la misma lógica territorial.

Esta diferencia tiene importantes implicaciones para la toma de decisiones.

Con frecuencia se plantea que autorizar una explotación industrial permitiría resolver automáticamente el problema de la minería ilegal. Sin embargo, desde una perspectiva territorial, esta relación no necesariamente es directa.

Una empresa minera desarrolla sus actividades dentro del área concesionada y, particularmente, dentro de su área de proyecto, conforme a los objetivos económicos asociados al yacimiento que explota. Su función principal no consiste en actuar como autoridad de control territorial ni como mecanismo permanente de erradicación de actividades ilegales desarrolladas en otros sectores de la región.

Por esa razón, resulta indispensable separar ambos debates.

Una cosa es la necesidad de controlar y erradicar la minería ilegal que actualmente genera daños ambientales y sociales en diversos sectores de la región.

Otra muy distinta es decidir si Costa Rica debe o no permitir la explotación industrial de los yacimientos de oro identificados en roca dura.

Ambas decisiones pueden estar relacionadas, pero no son equivalentes ni necesariamente conducen a los mismos resultados.

Comprender esta diferencia constituye un requisito fundamental para construir una discusión nacional más objetiva, más técnica y mejor orientada hacia la búsqueda de soluciones efectivas.

  1. Beneficios económicos y costos ambientales: una evaluación integral

Es importante reconocer que la minería ilegal desarrollada en Crucitas ha generado daños ambientales que deben ser atendidos con seriedad. No obstante, la evaluación de esos daños también debe realizarse dentro de una perspectiva objetiva y proporcional. La existencia de un problema ambiental real no implica automáticamente que cualquier alternativa propuesta para resolverlo sea necesariamente la más conveniente. Precisamente por ello, el país debe comparar distintas opciones de solución y valorar integralmente sus beneficios, riesgos, costos futuros y consecuencias territoriales.

Toda discusión seria sobre el futuro de Crucitas debe partir de un principio básico: las decisiones públicas de gran trascendencia no pueden evaluarse únicamente desde una perspectiva económica ni exclusivamente desde una perspectiva ambiental. Ambas dimensiones deben analizarse conjuntamente dentro de un marco más amplio de interés nacional.

En el caso de los yacimientos auríferos identificados en Crucitas, resulta innegable que existe un recurso mineral de considerable valor económico. Los estudios realizados durante las últimas décadas han permitido identificar reservas significativas y probadas de oro cuya eventual explotación podría atraer importantes inversiones privadas, generar empleo directo e indirecto y producir ingresos para el Estado a través de cánones, impuestos y otros mecanismos establecidos por la legislación vigente.

Estos beneficios potenciales son reales y deben ser reconocidos objetivamente dentro del debate nacional.

Sin embargo, la valoración económica de un proyecto minero no puede limitarse al valor bruto del recurso contenido en el subsuelo. También debe considerar la distribución efectiva de los beneficios generados, la duración de la actividad extractiva y los costos asociados a la gestión de los impactos ambientales presentes y futuros.

Desde una perspectiva económica, es importante recordar que la explotación minera constituye una actividad de duración limitada. Una vez agotadas las reservas económicamente viables, la operación concluye y la empresa minera traslada sus actividades hacia otros proyectos o regiones donde existan nuevos recursos disponibles.

Por esta razón, una de las preguntas fundamentales que debe plantearse el país es cómo maximizar el beneficio nacional derivado de la utilización de un recurso no renovable cuya extracción ocurre durante un período relativamente corto en comparación con la escala temporal del desarrollo territorial.

Asimismo, la evaluación económica de largo plazo debería considerar no solamente los ingresos directos asociados a una actividad extractiva, sino también las oportunidades que podrían generarse mediante otras actividades compatibles con la vocación territorial de la región. Entre ellas destacan el turismo, el geoturismo, la producción agropecuaria de alto valor agregado, los servicios ambientales, la investigación científica y las inversiones asociadas a infraestructura estratégica. Esta comparación es indispensable para valorar cuál alternativa genera mayor beneficio neto para el país.

Esta reflexión adquiere aún mayor relevancia cuando se consideran los efectos ambientales asociados a la actividad minera.

La minería moderna dispone de herramientas técnicas que permiten prevenir, controlar y reducir una parte importante de los impactos ambientales durante la fase operativa. Los estudios de impacto ambiental, los programas de monitoreo, las medidas de mitigación y los planes de cierre constituyen, en buena teoría, instrumentos fundamentales para minimizar riesgos y garantizar el cumplimiento de estándares ambientales.

No obstante, también es necesario reconocer que algunas transformaciones generadas por la actividad minera pueden permanecer durante períodos mucho más prolongados que la propia vida útil de la explotación.

Las modificaciones del relieve y el paisaje, los cambios en los suelos, la alteración de la cobertura vegetal, la gestión de depósitos de relaves y la vigilancia de posibles procesos de contaminación asociados a materiales expuestos, como el drenaje ácido que puede afectar las aguas superficiales y subterráneas de la región, constituyen desafíos que, en algunos casos, pueden requerir seguimiento durante décadas posteriores al cierre de las operaciones.

Precisamente por ello, la evaluación de un proyecto minero no debería limitarse únicamente a la comparación entre ingresos inmediatos y costos operativos. También debe incorporar una valoración de las responsabilidades ambientales futuras y de la capacidad institucional necesaria para garantizar una adecuada gestión de largo plazo.

En otras palabras, el verdadero desafío no consiste únicamente en determinar cuánto oro puede extraerse ni cuánto dinero podría generarse durante la vida útil del proyecto. El desafío consiste en establecer si el balance global entre beneficios económicos, costos ambientales, riesgos futuros y oportunidades de desarrollo territorial resulta efectivamente favorable para el interés nacional.

Esa es la pregunta que Costa Rica debe responder antes de adoptar cualquier decisión definitiva sobre el futuro de Crucitas.

  1. Cuando el debate deja de ser sobre una mina y pasa a ser sobre un territorio 

Durante muchos años, la discusión sobre Crucitas se concentró principalmente en el área específica donde se localizan los yacimientos auríferos identificados en los cerros Botija y Fortuna y, en general, en la finca Vivoyet. Tanto los estudios técnicos como el debate político y ambiental giraban alrededor de una zona relativamente delimitada y asociada a reservas minerales previamente identificadas.

Sin embargo, las propuestas más recientes han ampliado significativamente el alcance territorial de la discusión.

Este cambio es importante porque modifica la naturaleza misma del debate.

Ya no se trata únicamente de analizar la viabilidad de una explotación minera localizada sobre un yacimiento específico. Se trata de valorar las implicaciones que podría tener la apertura de un territorio mucho más amplio para futuras actividades de exploración y explotación minera.

El distrito de Cutris posee una extensión aproximada de 843 kilómetros cuadrados. Para comprender la magnitud de esta cifra basta recordar que se trata de un territorio comparable a una parte significativa de la Gran Área Metropolitana, donde se concentra una porción importante de la población y de la actividad económica del país.

Desde una perspectiva de ordenamiento territorial, la diferencia entre evaluar un proyecto localizado y analizar el potencial minero de un territorio de cientos de kilómetros cuadrados es enorme.

Cuando las decisiones se refieren a áreas extensas, surgen preguntas que van mucho más allá de la existencia de un recurso mineral específico.

  • ¿Cuáles son las zonas ambientalmente más sensibles?

  • ¿Cuáles sectores presentan limitaciones hidrogeológicas o ecológicas importantes?

  • ¿Cuáles áreas poseen vocación para actividades turísticas, agropecuarias, de conservación o desarrollo urbano futuro?

  • ¿Cuáles son las zonas con mayor fragilidad ambiental?

  • ¿Dónde podrían concentrarse los principales riesgos acumulativos derivados de múltiples actividades productivas?

Estas preguntas son fundamentales porque el territorio no es un espacio vacío. Cada sector posee características ambientales, sociales y económicas particulares que deben ser conocidas antes de adoptar decisiones de gran alcance.

Precisamente por ello, los instrumentos de ordenamiento territorial fueron concebidos para orientar el uso racional del territorio y para minimizar conflictos entre distintas actividades humanas.

En este contexto, resulta razonable preguntarse si el país dispone actualmente de toda la información ambiental, territorial e hidrogeológica necesaria para valorar adecuadamente las implicaciones de decisiones que podrían afectar una región de esta magnitud.

No se trata de impedir el desarrollo ni de excluir alternativas económicas.

Por el contrario, se trata de asegurar que cualquier decisión se adopte con el mayor nivel posible de conocimiento técnico y con una comprensión integral de las oportunidades y limitaciones existentes.

La experiencia internacional demuestra que los conflictos territoriales más complejos suelen surgir precisamente cuando las decisiones se toman antes de comprender adecuadamente las características del territorio sobre el cual se pretende intervenir.

Por esta razón, cualquier discusión sobre el futuro de Cutris debería incorporar no solamente consideraciones mineras, sino también análisis de fragilidad ambiental, recursos hídricos, biodiversidad, conectividad ecológica, potencial turístico, desarrollo productivo y planificación territorial de largo plazo.

En otras palabras, cuando el debate deja de ser sobre una mina y pasa a ser sobre un territorio completo, la calidad de la información requerida para tomar decisiones debe aumentar en la misma proporción.

Esa es una condición indispensable para garantizar que las decisiones adoptadas hoy contribuyan efectivamente al desarrollo sustentable de la región durante las próximas décadas.

  1. El verdadero desafío: transformar un recurso mineral en una estrategia de desarrollo nacional

Después de analizar el territorio, distinguir entre la minería ilegal y la explotación industrial, valorar los beneficios y riesgos asociados a la actividad minera y comprender la escala territorial involucrada en las decisiones que actualmente se discuten, surge una pregunta inevitable:

¿Cuál es la alternativa que puede generar el mayor beneficio para Costa Rica y para la región norte-norte durante las próximas décadas?

Esta pregunta es particularmente importante porque el debate nacional ha tendido a concentrarse en el oro como recurso mineral, cuando quizás el verdadero desafío consiste en comprender el potencial estratégico del territorio que contiene ese recurso.

Las grandes decisiones de desarrollo no siempre dependen exclusivamente de la extracción de una riqueza natural. En numerosas ocasiones, el mayor valor de un territorio proviene de la capacidad de articular diferentes actividades económicas, sociales y ambientales dentro de una visión integrada de largo plazo.

La región norte-norte de Costa Rica reúne características excepcionales para desarrollar una estrategia de crecimiento de esta naturaleza.

Su ubicación fronteriza, la disponibilidad de territorio, la riqueza biológica de sus ecosistemas, la presencia de recursos hídricos, su conectividad potencial con el resto del país y la existencia de importantes paisajes naturales crean condiciones favorables para impulsar un modelo de desarrollo diversificado y resiliente.

Dentro de esta visión podrían incorporarse múltiples componentes complementarios:

  • Infraestructura estratégica que fortalezca la conectividad regional.

  • Mejoramiento de la red vial y de los servicios públicos.

  • Fortalecimiento de las comunidades locales.

  • Desarrollo turístico y geoturístico basado en los valores naturales y geológicos de la región.

  • Investigación científica y educación ambiental.

  • Producción agropecuaria de alto valor agregado.

  • Programas de restauración ecológica.

Y nuevas oportunidades para la atracción de inversiones compatibles con la vocación territorial de la región.

Entre los proyectos estratégicos que podrían analizarse para impulsar este modelo de desarrollo destaca la posibilidad de fortalecer la conectividad regional mediante infraestructura aeroportuaria en el sector de Pocosol. Un aeropuerto regional, debidamente evaluado desde el punto de vista técnico, ambiental y financiero, podría convertirse en un factor dinamizador para el turismo, la producción local, la logística, la inversión privada y la integración efectiva de la región norte-norte con el resto del país.

Asimismo, la franja fronteriza norte ofrece condiciones para valorar un desarrollo turístico planificado, de baja huella ambiental y compatible con la conservación del paisaje, la biodiversidad y los recursos hídricos. Lejos de concebir esa franja como un territorio marginal, podría transformarse en un espacio de presencia institucional, empleo local, turismo de naturaleza, geoturismo, investigación científica y fortalecimiento de la soberanía territorial mediante desarrollo sustentable.

Desde esta perspectiva, el oro deja de verse únicamente como un recurso destinado a la extracción y pasa a ser considerado como un activo estratégico cuyo valor podría contribuir a respaldar una visión más amplia de desarrollo regional.

Precisamente bajo esta lógica se han planteado propuestas orientadas a estudiar mecanismos financieros innovadores que permitan utilizar el valor de las reservas conocidas para promover inversiones de largo plazo, manteniendo al mismo tiempo una evaluación cuidadosa de las distintas alternativas disponibles para el país. En esa línea, convendría que la Asamblea Legislativa, el Poder Ejecutivo, la Municipalidad de San Carlos y las comunidades de la región analicen con detenimiento el proyecto de ley N.° 25426, denominado Ley para la recuperación ambiental, restauración territorial y desarrollo sustentable de Crucitas. Más que asumirlo como una respuesta definitiva, debería valorarse como un insumo adicional para ampliar el debate nacional y comparar alternativas orientadas a la recuperación ambiental, el control territorial, la generación de oportunidades económicas y la protección estratégica de una región de alto interés para el país.

Más allá de las propuestas específicas que puedan discutirse en el futuro, lo verdaderamente relevante es ampliar el horizonte de análisis. Costa Rica no está obligada a escoger únicamente entre la explotación inmediata de un recurso o la inacción.

También puede explorar alternativas que integren desarrollo económico, restauración ambiental, fortalecimiento institucional y planificación territorial dentro de una misma estrategia.

La verdadera riqueza de una nación no se mide únicamente por los recursos que posee, sino por la capacidad de transformarlos en oportunidades duraderas para su población.

Por esa razón, el futuro de Crucitas debería analizarse no solamente desde la perspectiva de una mina o de un yacimiento aurífero, sino desde la perspectiva mucho más amplia del desarrollo sustentable de toda una región estratégica para el país.

  1. La recuperación ambiental como oportunidad de transición

Una de las alternativas que también merece ser analizada es la creación de un régimen especial, temporal y estrictamente controlado para la formalización de actividades mineras artesanales sobre las zonas de saprolita ya intervenidas por la minería ilegal. Esta figura podría organizarse mediante microempresas, cooperativas u otros esquemas de pequeña escala, siempre bajo regulación técnica, control ambiental permanente y prohibición absoluta del uso de mercurio u otras sustancias altamente peligrosas.

El objetivo de una medida de esta naturaleza no sería promover una expansión minera, sino sustituir progresivamente la ilegalidad por mecanismos formales, trazables y ambientalmente regulados. Bajo ese enfoque, una parte de los recursos generados por esa actividad temporal debería destinarse obligatoriamente al saneamiento ambiental, la restauración de suelos, la recuperación de cobertura vegetal, el monitoreo de aguas y la rehabilitación progresiva de los sitios intervenidos.

Este tipo de régimen solo tendría sentido si se concibe como una herramienta transitoria de recuperación ambiental y control territorial, no como una autorización permanente ni como una apertura generalizada a la minería metálica. Su finalidad sería reducir la minería ilegal, eliminar el uso de mercurio, ordenar la actividad existente y financiar la restauración de las áreas afectadas.

La decisión que finalmente adopte Costa Rica será responsabilidad de sus instituciones democráticas y de los actores sociales involucrados en el debate. Sin embargo, cualquiera que sea el camino escogido, conviene recordar que las mejores decisiones son aquellas que logran equilibrar visión de futuro, conocimiento técnico, responsabilidad ambiental y bienestar colectivo.

Ese debería ser el verdadero objetivo de la discusión nacional sobre Crucitas.

Crucitas representa mucho más que un yacimiento aurífero. Representa una oportunidad para reflexionar sobre el modelo de desarrollo que Costa Rica desea construir para sus territorios estratégicos. La decisión que finalmente se adopte no solamente definirá el futuro de una actividad económica específica, sino también la forma en que el país concibe la relación entre sus recursos naturales, el bienestar de sus comunidades, la protección ambiental y las oportunidades que heredarán las generaciones futuras.

La nueva misión de Costa Rica: defender su patrimonio natural en la era de los extremos

ADVERTENCIA NATURAL: INCENDIO FORESTAL DE PALO VERDE

Publicación en el Semanario Universidad (08/06/2026): https://semanariouniversidad.com/opinion/la-nueva-mision-de-costa-rica-defender-su-patrimonio-natural-en-la-era-de-los-extremos/

Palo Verde no es solamente un incendio forestal. Es una advertencia sobre la vulnerabilidad de nuestros ecosistemas frente al cambio climático.

  • La conservación pasiva ya no es suficiente: necesitamos capacidades operativas para proteger los parques nacionales del siglo XXI.

  • El turismo depende de la biodiversidad. Es momento de reinvertir una parte de esa riqueza en la defensa activa del patrimonio natural.

  • Costa Rica y Centroamérica deben construir una estrategia conjunta para enfrentar incendios forestales cada vez más frecuentes e intensos.

  • Si durante años hemos considerado que la degradación causada por la minería ilegal en Crucitas constituye uno de los principales desastres ambientales del país, ¿cómo debemos interpretar entonces un incendio que afecta cerca de 4.000 hectáreas dentro de uno de los humedales más importantes de Mesoamérica y que compromete una quinta parte de un parque nacional de importancia internacional?

  • Palo Verde: una alarma que no podemos ignorar

Las imágenes del incendio forestal que afecta al Parque Nacional Palo Verde han generado una profunda preocupación en numerosos sectores de la sociedad costarricense. Sin embargo, más allá del impacto inmediato que produce observar miles de hectáreas consumidas por las llamas, resulta indispensable comprender que no estamos frente a un episodio cualquiera. Palo Verde no es solamente un incendio forestal. Es una advertencia nacional sobre la creciente vulnerabilidad de algunos de los ecosistemas más valiosos de Costa Rica frente a las nuevas condiciones ambientales que caracterizan la era de los extremos.

El incendio, reportado desde la noche del jueves 28 de mayo de 2026, habría afectado ya alrededor de 4.000 hectáreas dentro del área protegida. Esa cifra es particularmente grave si se considera que el Parque Nacional Palo Verde tiene una extensión cercana a las 19.800 hectáreas. En términos simples, estamos hablando de una afectación aproximada de una quinta parte del parque, en menos de una semana de conflagración. No se trata de una perturbación menor. Se trata de una señal de alerta ecológica, institucional y climática.

    • Palo Verde es mucho más que un parque nacional.

Ubicado en el cantón de Bagaces, en la cuenca baja del río Tempisque, entre los ríos Bebedero y Tempisque, Palo Verde constituye uno de los humedales más importantes de Mesoamérica. Su relevancia ha sido reconocida internacionalmente mediante su designación como Humedal de Importancia Internacional bajo la Convención Ramsar. Esta categoría no es una simple distinción honorífica. Representa el reconocimiento de que los servicios ecológicos que presta este ecosistema poseen importancia más allá de las fronteras nacionales y forman parte del patrimonio natural de la humanidad.

Dentro de sus aproximadamente veinte mil hectáreas se desarrollan complejas interacciones entre humedales, lagunas, manglares, bosques secos tropicales y ambientes acuáticos que sostienen una extraordinaria riqueza biológica. Los humedales representan una proporción muy significativa del parque, y en ellos se articulan procesos hidrológicos, ecológicos y biológicos esenciales para la vida silvestre de la cuenca baja del Tempisque.

La importancia de Palo Verde también se expresa en su biodiversidad. En el área se han registrado más de 750 especies de plantas, más de 280 especies de aves, alrededor de 55 especies de anfibios y reptiles, cerca de 150 especies de mamíferos y varias especies de peces. Además, conserva cinco de las seis especies de mangle presentes en Costa Rica y algunos de los remanentes más importantes de bosque seco tropical de Mesoamérica, uno de los ecosistemas más amenazados del planeta.

Cada hectárea de bosque seco conservada posee un valor ecológico extraordinario. Este ecosistema ha sido históricamente transformado por actividades agropecuarias, urbanas e infraestructurales, de manera que los remanentes que aún persisten dentro de áreas protegidas como Palo Verde adquieren un significado estratégico. No son simples manchas de vegetación en un mapa. Son fragmentos vivos de una memoria ecológica regional que ha sobrevivido a décadas de presión humana y que forman parte del patrimonio natural más valioso de la ecosfera tropical.

1.2 Un santuario hemisférico para aves migratorias

Uno de los aspectos más sensibles de Palo Verde es su papel como santuario para aves acuáticas residentes y migratorias. Cada año, numerosas especies provenientes del hemisferio norte utilizan estos humedales como áreas de descanso, alimentación, refugio y reproducción durante sus largos desplazamientos continentales. Miles de aves recorren enormes distancias conectando ecosistemas distribuidos desde Canadá y Estados Unidos hasta Centroamérica y Sudamérica.

En esa compleja red ecológica hemisférica, Palo Verde funciona como una estación crítica. Cuando un sitio de esta naturaleza se deteriora, no solamente se afecta un nicho ecológico local. Se debilita una pieza de un sistema biológico continental que depende de la existencia de humedales sanos, bosques funcionales, cuerpos de agua disponibles y sitios seguros para las especies migratorias.

Por eso, cuando arde Palo Verde, no solamente pierde Costa Rica. También se afecta una conexión ecológica que trasciende las fronteras nacionales. La pérdida o degradación de hábitats en este parque puede tener consecuencias sobre poblaciones de aves que dependen de múltiples territorios a lo largo de sus rutas migratorias. Esta es una de las razones por las cuales el incendio debe ser interpretado como un evento de importancia ambiental regional y no como una simple noticia local.

La presencia de la Isla de Pájaros dentro del sistema de Palo Verde refuerza esta importancia. Este sitio ha sido reconocido como una de las zonas de anidación de aves acuáticas más relevantes de América Central. La afectación de los ecosistemas asociados a Palo Verde implica, por tanto, un riesgo directo para procesos reproductivos, ciclos de alimentación y dinámicas ecológicas que sostienen poblaciones de alto valor biológico.

1.3 No estamos observando solamente vegetación quemada

Cuando se informa que alrededor de 4.000 hectáreas han sido afectadas por el fuego, la cifra puede parecer abstracta. Pero detrás de ese número existe una realidad ecológica profundamente dolorosa. Estamos hablando de hábitats alterados, refugios de fauna silvestre afectados, sitios de anidación comprometidos, biomasa viva transformada en cenizas, carbono liberado a la atmósfera y procesos ecológicos interrumpidos.

Muchos ecosistemas poseen una notable capacidad de recuperación natural. La naturaleza ha demostrado una extraordinaria resiliencia a lo largo de la historia. Sin embargo, sería un error utilizar esa capacidad de recuperación como excusa para minimizar la gravedad del evento. La resiliencia ecológica no es infinita. En un contexto de calentamiento global, sequías más severas, mayor estrés hídrico y condiciones atmosféricas más extremas, los procesos de recuperación pueden volverse más lentos, más inciertos y más vulnerables a nuevas perturbaciones.

Si las informaciones preliminares son correctas y el incendio se originó por la caída de un rayo sobre vegetación altamente inflamable, la situación adquiere una dimensión todavía más preocupante. Cuando un incendio es provocado por acción humana, negligencia o actividad ilegal, se puede reforzar la vigilancia, perseguir responsables y mejorar controles. Pero cuando el origen es un fenómeno natural que encuentra condiciones ideales para expandirse rápidamente, el problema deja de ser solamente policial o administrativo. Se convierte en un problema de adaptación climática.

En ese caso, la pregunta central ya no sería únicamente quién provocó el incendio. La pregunta verdaderamente importante sería por qué un ecosistema protegido, de altísimo valor ecológico, se encuentra hoy en condiciones de vulnerabilidad suficientes para permitir una propagación tan rápida y extensa del fuego.

1.4 Una señal temprana de la era de los extremos

Lo ocurrido en Palo Verde debe ser leído dentro de una realidad más amplia. Costa Rica y Centroamérica forman parte de una región especialmente vulnerable a los efectos del cambio climático. El Corredor Seco Mesoamericano, que incluye buena parte del Pacífico Norte costarricense, ya experimenta condiciones recurrentes de sequía, estrés hídrico, pérdida de humedad en suelos y mayor exposición a incendios forestales. Guanacaste se ubica precisamente dentro de esta zona de alta sensibilidad climática.

A ello se suma la posible evolución de un nuevo evento de El Niño durante el año 2026, condición que históricamente ha estado asociada en Costa Rica con reducción de lluvias en el Pacífico, aumento de temperaturas, presión sobre los recursos hídricos y mayor riesgo de incendios forestales. Si un incendio de esta magnitud ocurre antes de que un evento de El Niño alcance su fase más intensa, la advertencia es evidente: el país debe prepararse para escenarios mucho más exigentes.

En diversos análisis recientes desarrollados por SALVETERRA se ha insistido en una idea fundamental: el sistema climático global está mostrando señales crecientes de reorganización dinámica, variabilidad extrema y pérdida de estabilidad relativa [1]. Los análisis sobre el posible fortalecimiento de El Niño durante el 2026 advierten que este fenómeno ya no debe entenderse como una oscilación natural aislada, sino como un proceso que opera sobre un planeta más caliente, con océanos más energizados y una atmósfera con mayor capacidad de producir extremos regionales [2]. Asimismo, el seguimiento de la dinámica del Domo Térmico de Costa Rica y del Pacífico Tropical oriental muestra que la interacción entre océano y atmósfera tiene consecuencias directas sobre la disponibilidad de humedad, los patrones regionales de lluvia, la productividad ecológica, los bosques, los humedales, los sistemas agrícolas, el agua y las áreas protegidas [3].

Costa Rica construyó su sistema de conservación para un clima del siglo XX. El problema es que ya estamos entrando en condiciones climáticas propias del siglo XXI: más calientes, más variables, más extremas y más difíciles de manejar con las herramientas tradicionales.

El incendio de Palo Verde, por tanto, no debe verse únicamente como una tragedia ambiental. Debe interpretarse como una alarma estratégica. Una señal dolorosa de que los extraordinarios logros alcanzados por Costa Rica en materia de conservación podrían resultar insuficientes si no evolucionamos hacia una nueva etapa de defensa activa del patrimonio natural.

Existe además una pregunta que merece una reflexión nacional. Si durante años el país ha movilizado importantes recursos institucionales, políticos y mediáticos alrededor de impactos ambientales localizados en decenas o cientos de hectáreas, como en el caso de Crucitas, ¿por qué la afectación de aproximadamente 4.000 hectáreas en uno de los humedales más importantes de Mesoamérica no ha generado una discusión nacional de magnitud equivalente? La intención no es minimizar otros problemas ambientales, sino dimensionar correctamente la magnitud estratégica de lo ocurrido en Palo Verde.

Durante décadas, la gran misión nacional fue crear parques nacionales. Hoy, la nueva misión consiste en asegurar que sobrevivan.

  • El cambio climático está cambiando las reglas del juego

Durante décadas, la estrategia de conservación de Costa Rica se concentró correctamente en delimitar parques nacionales, crear áreas protegidas y evitar la destrucción directa de los ecosistemas. Esa estrategia produjo resultados extraordinarios y permitió conservar una parte significativa del patrimonio natural del país. Sin embargo, el escenario actual es distinto: a las amenazas históricas, como la expansión agrícola, la urbanización desordenada o la tala ilegal, se suma ahora la creciente inestabilidad del sistema climático planetario.

No se trata de fenómenos aislados. Se trata de manifestaciones de una tendencia más amplia que hemos denominado la Era de los Extremos: una etapa caracterizada por una mayor frecuencia e intensidad de eventos climáticos que antes eran considerados excepcionales. En un planeta más energético, con océanos que acumulan más calor y una atmósfera con mayor contenido de vapor de agua, los extremos regionales pueden intensificarse incluso cuando los cambios promedio parecen graduales [1].

Costa Rica no es ajena a esta realidad. Por su ubicación geográfica, el país se encuentra influenciado por complejas interacciones entre el océano Pacífico, el mar Caribe, la Zona de Convergencia Intertropical, los vientos alisios y diversos sistemas atmosféricos regionales.

Uno de los elementos más relevantes para comprender esta nueva realidad es el fenómeno de El Niño-Oscilación del Sur. Históricamente, los eventos de El Niño han estado asociados a condiciones más secas en amplias regiones de Centroamérica, particularmente dentro del Corredor Seco Mesoamericano. Sin embargo, el punto crítico es que un evento de El Niño en el contexto actual no opera sobre el mismo planeta de hace cincuenta años. Opera sobre océanos más cálidos, una atmósfera más húmeda, ecosistemas más presionados y territorios más vulnerables. Por eso, incluso un evento moderado puede producir impactos severos si interactúa con condiciones territoriales frágiles [2].

Lo preocupante es que el incendio de Palo Verde ocurre antes de que se materialicen plenamente algunos de los escenarios de mayor preocupación asociados al fortalecimiento de condiciones cálidas en el Pacífico tropical. Si un ecosistema de tan alto valor ecológico muestra esta vulnerabilidad antes de la fase más intensa de un posible evento cálido, el país debe asumirlo como una advertencia temprana y no como un hecho aislado.

En este contexto, la región del Pacífico Norte adquiere una importancia estratégica. Guanacaste constituye una de las zonas más expuestas a los efectos combinados del cambio climático y de los eventos cálidos asociados a El Niño.

A esta situación se suma otro elemento frecuentemente ignorado en el debate público: la importancia del océano como regulador climático. El Pacífico Tropical oriental, el Domo Térmico de Costa Rica y la dinámica océano-atmósfera regional influyen sobre patrones de precipitación, productividad biológica, circulación atmosférica y disponibilidad de humedad. Por ello, los incendios forestales, las sequías, la productividad marina, la agricultura y la conservación de ecosistemas no deben analizarse como temas separados, sino como expresiones conectadas de un mismo sistema climático-territorial [3].

La interacción entre océanos más cálidos, atmósferas más energizadas y ecosistemas sometidos a mayores niveles de estrés constituye uno de los grandes desafíos ambientales del siglo XXI.

Costa Rica construyó gran parte de su sistema moderno de conservación durante la segunda mitad del siglo XX. El problema es que ese sistema fue diseñado para responder a las condiciones climáticas predominantes de aquella época.

Hoy vivimos en un escenario diferente. Un escenario en el que la protección de la biodiversidad ya no puede limitarse a la delimitación de áreas protegidas. Resulta indispensable incorporar herramientas de adaptación, monitoreo, prevención y respuesta rápida frente a amenazas cada vez más complejas.

La pregunta ya no es únicamente cómo conservar nuestros ecosistemas. La pregunta es cómo asegurar que esos ecosistemas mantengan su capacidad de resistir, adaptarse y recuperarse frente a los cambios que ya están ocurriendo.

Y esa discusión apenas comienza.

  • La conservación pasiva ya no es suficiente

Los acontecimientos recientes nos obligan a aceptar una realidad incómoda: los desafíos ambientales del siglo XXI son diferentes a los del siglo XX. Durante décadas, el principal objetivo consistió en evitar la destrucción directa de los ecosistemas. Hoy esas amenazas continúan existiendo, pero se ha incorporado una nueva dimensión del problema: la necesidad de proteger ecosistemas ya conservados frente a riesgos climáticos crecientes.

Durante décadas, el principal objetivo consistió en evitar la destrucción directa de los ecosistemas. Hoy esas amenazas continúan existiendo, pero se ha incorporado una nueva dimensión del problema.

Los ecosistemas protegidos están comenzando a enfrentar riesgos asociados a fenómenos climáticos extremos, períodos prolongados de sequía, incendios forestales de rápida propagación, cambios hidrológicos y una creciente acumulación de estrés ambiental.

En este nuevo contexto, declarar un parque nacional ya no es suficiente. La protección jurídica sigue siendo indispensable, pero debe complementarse con una capacidad operativa moderna capaz de responder a amenazas cada vez más complejas.

Costa Rica necesita evolucionar desde un modelo de conservación basado principalmente en la protección territorial hacia un modelo de conservación activa y resiliente.

El incendio de Palo Verde nos ofrece una lección clara. Miles de hectáreas fueron afectadas en cuestión de pocos días. Independientemente de cuál haya sido el detonante inicial, la velocidad de propagación demuestra que existen situaciones en las cuales la capacidad de respuesta se convierte en un factor decisivo para reducir daños ecológicos, económicos y sociales.

Por esta razón, resulta indispensable fortalecer significativamente las capacidades operativas del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC).

Los guardaparques constituyen la primera línea de defensa de nuestros ecosistemas. Si queremos proteger adecuadamente nuestros parques nacionales durante las próximas décadas, será necesario invertir en más personal de campo, mayor capacitación técnica y mejores condiciones operativas.

Necesitamos más brigadas forestales permanentes especializadas en prevención y combate de incendios. Necesitamos equipamiento moderno y sistemas de monitoreo remoto y vigilancia satelital que permitan detectar incendios durante sus etapas iniciales.

Porque la diferencia entre un incendio de diez hectáreas y uno de cuatro mil hectáreas suele medirse en horas.

Los escenarios climáticos que comienzan a manifestarse en distintas regiones del planeta indican que algunos incendios forestales podrían superar rápidamente la capacidad de respuesta terrestre tradicional.

Por ello resulta indispensable abrir una discusión seria sobre la incorporación gradual de capacidades aéreas especializadas para el combate de incendios forestales.

Una posibilidad razonable consistiría en establecer una base estratégica permanente en Guanacaste, la región que históricamente ha mostrado mayor vulnerabilidad a sequías e incendios debido a su ubicación dentro del Corredor Seco Mesoamericano.

La incorporación gradual de helicópteros especializados para transporte de personal y combate de incendios, así como la eventual utilización de aeronaves con capacidad de descarga de agua, podría representar una herramienta estratégica para proteger ecosistemas críticos durante situaciones de emergencia. Las evidencias disponibles indican que esta necesidad dejará de ser una opción estratégica para convertirse en una prioridad nacional.

No se trata de militarizar la conservación. Se trata de modernizarla. Durante medio siglo Costa Rica aprendió a crear parques nacionales. Ahora debe aprender a defenderlos.

La conservación del futuro dependerá cada vez menos de la capacidad para dibujar límites en un mapa y cada vez más de la capacidad para gestionar riesgos, anticipar amenazas y responder con rapidez cuando los ecosistemas enfrenten situaciones críticas.

  • Una propuesta nacional y regional para actuar antes de la próxima crisis

Si algo nos enseña el incendio de Palo Verde es que ya no basta con diagnosticar los problemas. Costa Rica necesita avanzar hacia soluciones concretas, técnicamente viables y políticamente ejecutables.

La creciente intensidad de los fenómenos climáticos extremos obliga a complementar esa estrategia con nuevas capacidades de prevención, monitoreo y respuesta.

Por ello resulta oportuno abrir una discusión nacional sobre la creación o consolidación urgente de un Sistema Estratégico Nacional de Prevención y Respuesta a Incendios Forestales, concebido como un mecanismo permanente de coordinación operativa entre el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC), el Benemérito Cuerpo de Bomberos de Costa Rica, la Comisión Nacional de Emergencias, las universidades públicas y otras instituciones técnicas especializadas.

El objetivo no sería crear más burocracia, sino fortalecer la capacidad operativa del país para proteger ecosistemas estratégicos, cuencas hidrográficas, humedales, bosques y áreas protegidas frente a amenazas cada vez más complejas.

Una de las prioridades debería ser el establecimiento de una base estratégica permanente en Guanacaste. La ubicación de esta provincia dentro del Corredor Seco Mesoamericano, su vulnerabilidad histórica a las sequías y la creciente recurrencia de incendios forestales justifican plenamente una presencia operativa reforzada en la región.

Asimismo, Costa Rica debe valorar la incorporación gradual de capacidades aéreas especializadas para el combate de incendios forestales. Helicópteros multipropósito para transporte de personal, evacuación y descarga de agua, así como la eventual incorporación de aeronaves especializadas, deben convertirse en herramientas fundamentales para proteger ecosistemas de alto valor ecológico cuando cada hora resulta decisiva. Esta capacidad debe complementarse con brigadas terrestres bien entrenadas, monitoreo satelital, sistemas de alerta temprana y apoyo a centros de rescate y atención de fauna silvestre impactada por desastres naturales.

Naturalmente, estas medidas requieren recursos financieros. Sin embargo, la pregunta correcta no es cuánto cuesta proteger nuestro patrimonio natural. La pregunta correcta es cuánto costaría perderlo.

La biodiversidad constituye uno de los principales activos estratégicos del país. Miles de millones de dólares asociados directa o indirectamente al turismo dependen de la conservación de ecosistemas saludables, paisajes funcionales y áreas protegidas bien gestionadas. Desde una perspectiva económica, invertir en la protección activa del patrimonio natural no constituye un gasto: representa una medida de protección de activos estratégicos nacionales. Una pequeña inversión preventiva puede evitar pérdidas ecológicas y económicas mucho mayores en el futuro.

Por esta razón, el país debe explorar múltiples fuentes de financiamiento. Entre ellas destacan los fondos internacionales de adaptación climática, los mecanismos de canje de deuda por naturaleza, la cooperación internacional, los programas del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), el Fondo Verde para el Clima y otros instrumentos de financiamiento ambiental. También debería valorarse una línea de crédito rápida, transparente y técnicamente justificada para adquirir equipamiento inicial, fortalecer brigadas, mejorar monitoreo y establecer una base estratégica en Guanacaste.

Pero existe una dimensión adicional que no puede ignorarse. Los incendios forestales asociados a sequías y eventos extremos no son un problema exclusivamente costarricense. Constituyen un desafío regional que afecta a buena parte de Centroamérica.

Por ello resulta conveniente promover, en el marco del Sistema de Integración Centroamericana (SICA), una iniciativa regional para la prevención y combate de incendios forestales. Una plataforma compartida permitiría optimizar recursos, fortalecer capacidades técnicas y disponer de equipamiento especializado capaz de movilizarse rápidamente hacia cualquier país que enfrente una emergencia. En una región pequeña, climáticamente conectada y altamente vulnerable, la cooperación puede ser mucho más eficiente que la respuesta aislada de cada Estado.

La cooperación regional puede convertirse en una de las herramientas más eficientes para enfrentar amenazas que no reconocen fronteras políticas.

A raíz de los acontecimientos observados en Palo Verde, consideramos oportuno impulsar una propuesta legislativa orientada a fortalecer las capacidades nacionales de prevención y respuesta frente a incendios forestales, así como a promover mecanismos de cooperación regional para la protección de los ecosistemas estratégicos de Centroamérica. Como se trata de pasar de las palabras a los hechos, hemos iniciado la elaboración de una propuesta de ley en esa dirección, que estaremos haciendo llegar a la Asamblea Legislativa lo antes posible, con la esperanza de encontrar eco en diputadas y diputados comprometidos con el futuro ambiental del país.

Hacemos un llamado respetuoso a las señoras y señores diputados de la República, a las instituciones públicas, al sector académico, a las organizaciones ambientales y a la ciudadanía para que esta discusión sea abordada con la seriedad y urgencia que la situación amerita.

Cuando un incendio destruye miles de hectáreas en un sitio como Palo Verde no solamente se quema vegetación. Se afectan hábitats esenciales, corredores ecológicos, servicios ambientales, oportunidades de desarrollo y una parte del patrimonio natural que hemos heredado de generaciones anteriores.

El sentido de urgencia con que planteamos este asunto se basa en una realidad objetiva: el cambio climático ya está alterando las condiciones de funcionamiento de nuestros ecosistemas, y la posible evolución de un evento de El Niño durante los próximos meses podría intensificar la presión sobre el Pacífico Norte, el Corredor Seco Mesoamericano y otras zonas vulnerables del país. Por ello, postergar decisiones ya no es prudencia administrativa; puede convertirse en negligencia frente a una amenaza conocida.

Porque proteger la naturaleza ya no es solamente una tarea de conservación. Es una tarea de adaptación, resiliencia y responsabilidad con las generaciones futuras.

Durante décadas, Costa Rica trabajó para crear parques nacionales. La nueva misión nacional consiste en asegurar que sobrevivan.

Cuando arde Palo Verde, no solamente se quema vegetación. Se quema una parte de la memoria ecológica de Costa Rica y una advertencia que no tenemos derecho a ignorar.

Fuentes de referencia

[1] Astorga Gättgens, A. (2026, 25 de mayo). Un planeta más energético: señales climáticas del 2026 y el desafío territorial de Centroamérica. SALVETERRA. https://salveterra.info/blog/

[2] Astorga Gättgens, A. (2026, 16 de abril). El Súper El Niño y la nueva fase del sistema climático: implicaciones globales y preparación estratégica para Centroamérica y Costa Rica. SALVETERRA. https://salveterra.info/blog/

[3] Astorga Gättgens, A. (2026). Análisis recientes sobre el Domo Térmico de Costa Rica, el Pacífico Tropical oriental y la dinámica océano-atmósfera regional. SALVETERRA. https://salveterra.info/blog/

[4] Córdoba, D. (2026, 2 de junio). ¿Dónde está Palo Verde, el refugio de aves devastado por incendio? CR Hoy.

[5] La Nación. (2026). Incendio en Palo Verde aún no está controlado, pero se mantiene contenido. Fotografía de Alonso Tenorio. https://www.nacion.com/

Nota 2: fuente de la fotografía: tomada de La Nación (https://www.nacion.com/sucesos/accidentes/incendio-en-palo-verde-aun-no-esta-controlado-pero/H54HWBKW65ESBNQHKKLANG26NU/story/). Créditos para Alonso Tenorio.

El Estado que creció, pero no mejoró: lecciones desde la evaluación ambiental en Costa Rica

Introducción: cuanto más estructura no significa mejores resultados

La evaluación de impacto ambiental en Costa Rica nació bajo una lógica técnica relativamente simple, funcional y altamente enfocada en el análisis sustantivo de los proyectos. Durante los primeros años de funcionamiento del sistema, antes y después de la creación formal de la Secretaría Técnica Nacional Ambiental (SETENA) mediante la Ley Orgánica del Ambiente de 1995, la evaluación ambiental era realizada por un pequeño grupo interdisciplinario de profesionales provenientes de distintas instituciones del Estado.

Tuve la oportunidad de participar directamente en ese proceso desde 1993, inicialmente como evaluador ambiental en la Comisión de Impacto Ambiental y posteriormente como Secretario General de SETENA durante los últimos años de la década de 1990. En aquella etapa, el sistema operaba con aproximadamente una docena de profesionales y tramitaba más de mil expedientes anuales, incluyendo proyectos hidroeléctricos, urbanísticos, mineros y de inversión estratégica nacional.

La evaluación ambiental de entonces tenía limitaciones administrativas y tecnológicas propias de la época, pero poseía una característica fundamental: estaba centrada en el criterio técnico sustantivo. Las inspecciones de campo eran frecuentes, el análisis territorial tenía un peso importante y las discusiones se enfocaban en comprender los impactos reales de los proyectos sobre el ambiente.

Treinta años después, el panorama institucional es completamente distinto.

La SETENA ha evolucionado hacia una estructura mucho más grande, compleja y burocrática. Actualmente cuenta con 16 unidades administrativas, plataformas digitales, procesos secuenciales y una planilla estimada alrededor de 73 funcionarios. Sin embargo, surge una pregunta inevitable:

¿Ha mejorado realmente la calidad, la eficiencia y la rigurosidad de la evaluación ambiental en la misma proporción en que ha crecido la estructura institucional?

La experiencia acumulada durante décadas de ejercicio profesional, revisión de expedientes y participación en procesos técnicos y legales permite concluir que la respuesta no es necesariamente afirmativa. Por el contrario, existen señales claras de pérdida de eficiencia, debilitamiento del análisis sustantivo y creciente desconexión entre el procedimiento administrativo y la realidad territorial de los proyectos evaluados.

El problema no radica en la existencia de la evaluación ambiental. Por el contrario, la evaluación de impacto ambiental sigue siendo uno de los instrumentos más importantes para garantizar el desarrollo sostenible, prevenir daños ambientales y reducir conflictos territoriales. El problema radica en que, con el paso del tiempo, la evaluación ambiental comenzó a confundirse con la propia estructura burocrática encargada de administrarla.

En otras palabras, la evaluación ambiental dejó de verse como un instrumento estratégico de protección ambiental y empezó a verse como un trámite.

  1. El crecimiento institucional sin mejora proporcional

La evolución de la SETENA constituye uno de los ejemplos más claros del crecimiento institucional experimentado por el Estado costarricense desde la década de 1990. Mientras que el sistema original funcionaba con cerca de 12 profesionales, y una secretaria, actualmente la institución posee una estructura compuesta por numerosos departamentos técnicos, administrativos, jurídicos y tecnológicos.

Esto representa un crecimiento superior al 550% en términos de personal institucional.

Sin embargo, este incremento no ha venido acompañado de una mejora proporcional en la eficiencia operativa ni en la calidad sustantiva del proceso de evaluación ambiental.

Por el contrario, diversos indicadores sugieren una situación paradójica:

– La cantidad efectiva de expedientes evaluados no ha aumentado proporcionalmente.

– Algunos instrumentos estratégicos tardan años en resolverse.

– En términos netos, para el usuario es mayor.

– Las inspecciones de campo son menos frecuentes.

– El análisis territorial directo ha sido sustituido parcialmente por revisión documental y procesos digitales secuenciales.

– La complejidad administrativa aumentó considerablemente.

La digitalización del sistema ciertamente introdujo herramientas útiles. Sin embargo, también produjo un fenómeno poco discutido: la burocracia digital.

Actualmente, muchos expedientes avanzan únicamente cuando se cumplen secuencialmente múltiples etapas formales dentro de plataformas electrónicas. Aunque los plazos internos de revisión puedan reducirse administrativamente, el tiempo real del proceso aumenta debido a reingresos, correcciones, validaciones parciales y bloqueos secuenciales.

Esto genera una diferencia crítica entre el tiempo institucional y el tiempo real del usuario.

La situación se vuelve aún más compleja cuando el análisis territorial se basa excesivamente en plataformas geoespaciales generales. Herramientas como el Sistema Nacional de Información Territorial (SNIT) constituyen instrumentos valiosos de referencia regional y nacional; sin embargo, poseen limitaciones importantes de escala, actualización y precisión territorial.

Muchas capas geoespaciales disponibles no fueron diseñadas para sustituir estudios ambientales detallados a escala local. En consecuencia, existe el riesgo de que la evaluación ambiental termine realizándose desde escritorio, utilizando información regional general para tomar decisiones sobre territorios cuya complejidad ambiental requiere análisis mucho más detallados.

El ambiente no se protege únicamente mediante plataformas digitales. El ambiente se protege comprendiendo el territorio.

  1. Cómo se debilitó la evaluación ambiental sustantiva

Uno de los cambios más importantes ocurridos en las últimas décadas ha sido el desplazamiento progresivo del análisis sustantivo por una lógica predominantemente procedimental.

En el modelo original, el objetivo principal era comprender integralmente los impactos ambientales de los proyectos y tomar decisiones técnicamente fundamentadas. Actualmente, en numerosos casos, el proceso parece concentrarse más en la administración de requisitos digitales, formularios y validaciones secuenciales.

La diferencia puede parecer sutil, pero es profundamente relevante.

Una evaluación ambiental rigurosa requiere interpretar el territorio, analizar interacciones complejas, verificar condiciones reales de campo y comprender dinámicas hidrogeológicas, geotécnicas, ecológicas y sociales, así como de condición de amenaza a georriesgos y efectos de cambio climático, y en general, a su fragilidad ambiental. Ese tipo de análisis no puede reducirse únicamente al cumplimiento administrativo de requisitos documentales.

Sin embargo, la práctica actual muestra varios síntomas preocupantes:

– Incremento de solicitudes reiterativas de información en Evaluación Ambiental Estratégica.

– Reingresos múltiples sin cambios sustantivos relevantes.

– Predominio de validaciones de forma.

– Menor peso relativo de la inspección de campo incluyendo la Auditoría y Seguimiento Ambiental.

– Fragmentación del análisis técnico.

– Debilitamiento del enfoque integral territorial.

Esta situación ha generado una distorsión importante:

Un sistema lento y burocrático no necesariamente garantiza una mejor protección ambiental.

De hecho, algunos procesos estratégicos asociados con planes reguladores, zonificación ambiental y evaluación ambiental estratégica han llegado a extenderse durante varios años, mientras que ciertos proyectos específicos de alto impacto han sido aprobados en tiempos extremadamente cortos.

Esto evidencia una falta de correlación consistente entre el nivel de impacto ambiental y el rigor efectivo del análisis técnico.

El problema no es únicamente la lentitud. El problema es que el sistema se ha vuelto simultáneamente más complejo y menos sustantivo.

La consecuencia más delicada de este fenómeno es conceptual: la evaluación ambiental comenzó a perder su carácter estratégico.

En lugar de funcionar como un mecanismo integral de prevención, planificación y protección ambiental, el sistema empezó progresivamente a operar bajo una lógica de gestión administrativa de expedientes.

Esto representa una devaluación silenciosa de la evaluación de impacto ambiental.

  1. SETENA como síntoma del crecimiento del Estado costarricense

La evolución de la SETENA no puede analizarse aisladamente. En realidad, constituye un reflejo de un fenómeno más amplio ocurrido en Costa Rica durante las últimas décadas: la expansión sostenida de estructuras institucionales, órganos técnicos, unidades administrativas y sistemas regulatorios.

Diversas administraciones y análisis nacionales han señalado que desde los años noventa el Estado costarricense experimentó una proliferación significativa de entidades, direcciones, órganos desconcentrados y estructuras operativas.

Muchas de estas instituciones surgieron respondiendo a necesidades legítimas. Sin embargo, el crecimiento institucional no siempre estuvo acompañado de un rediseño estructural orientado a la eficiencia, simplificación y adaptación tecnológica.

El resultado ha sido, en numerosos casos, un Estado más complejo, más fragmentado y más costoso de sostener.

SETENA representa un ejemplo particularmente visible porque su evolución es fácilmente cuantificable:

– más departamentos;

– más personal;

– más plataformas;

– más procedimientos;

– más complejidad administrativa.

Pero ello no necesariamente se tradujo en mejores resultados ambientales.

El problema no consiste en tener Estado.

El problema consiste en desarrollar estructuras cada vez más grandes que consumen más recursos sin generar proporcionalmente mejores resultados.

Este debate es especialmente importante porque el financiamiento de estructuras institucionales crecientes implica un costo significativo para el país. Y cuando los resultados no mejoran en la misma proporción, inevitablemente surge una pregunta incómoda:

¿Está el Estado generando suficiente valor técnico y operativo en relación con los recursos que consume?

En el caso ambiental, esta pregunta resulta todavía más delicada porque la pérdida de eficiencia no solamente afecta la competitividad o la gestión administrativa. También puede traducirse en menor capacidad real de protección ambiental.

  1. Inteligencia artificial y la oportunidad histórica de reconstruir la evaluación ambiental

El sistema actual de evaluación ambiental fue concebido bajo las limitaciones tecnológicas de finales del siglo XX. En ese contexto, la existencia de estructuras institucionales grandes, filtros secuenciales y procesos administrativos complejos tenía cierta lógica operativa.

Hoy el contexto tecnológico es radicalmente distinto.

El desarrollo de inteligencia artificial, sistemas geoespaciales avanzados, análisis automatizado de datos y plataformas de trazabilidad permite replantear completamente la forma en que se desarrolla la evaluación ambiental.

Actualmente es posible:

– integrar múltiples capas ambientales en tiempo real;

– detectar inconsistencias técnicas automáticamente;

– validar coordenadas y restricciones territoriales;

– identificar incompatibilidades ambientales;

– automatizar procesos de revisión preliminar;

– generar alertas ambientales;

– mejorar la trazabilidad de expedientes;

– fortalecer la transparencia pública.

La inteligencia artificial no reemplaza el criterio técnico. Lo potencia.

Permite reducir cargas burocráticas, eliminar tareas repetitivas y concentrar el trabajo profesional en aquello que realmente importa: la interpretación territorial, el análisis sustantivo y la toma de decisiones ambientales.

Precisamente por ello, en Costa Rica ya existen propuestas orientadas a modernizar estructuralmente el sistema.

Entre ellas, se ha planteado la creación de un modelo descentralizado donde una entidad técnica central pequeña, altamente especializada y apoyada por inteligencia artificial se concentre en:

– evaluación ambiental estratégica;

– proyectos de alto impacto;

– definición metodológica;

– supervisión del sistema nacional.

Paralelamente, los proyectos de menor y mediana escala podrían ser evaluados a nivel regional o municipal bajo esquemas estandarizados, trazables y técnicamente supervisados.

Este tipo de transformación permitiría:

– reducir burocracia;

– disminuir tiempos reales;

– fortalecer el análisis territorial;

– mejorar transparencia;

– aumentar capacidad de fiscalización;

– reducir costos operativos;

– y recuperar el carácter estratégico de la evaluación ambiental.

Además, actualmente también se trabaja en propuestas orientadas a homogenizar, estandarizar y simplificar la normativa ambiental costarricense, con el objetivo de reducir contradicciones, duplicidades y fragmentación regulatoria.

La inteligencia artificial funciona mejor cuando opera sobre marcos normativos estructurados, coherentes y técnicamente normalizados.

Por ello, la modernización tecnológica y la modernización normativa deben avanzar juntas.

  1. Conclusión: proteger mejor el ambiente requiere modernizar el sistema

Costa Rica enfrenta hoy una oportunidad histórica.

La discusión ya no debe centrarse únicamente en si el Estado debe crecer o reducirse. La verdadera discusión consiste en cómo construir instituciones más inteligentes, más eficientes y más útiles para proteger el ambiente y facilitar un desarrollo territorial responsable.

La experiencia acumulada durante las últimas décadas demuestra que más burocracia no necesariamente significa más protección ambiental.

También demuestra que digitalizar procedimientos sin rediseñar estructuralmente el sistema puede terminar produciendo simplemente una burocracia digitalizada.

La evaluación ambiental no debería ser un proceso centrado exclusivamente en administrar requisitos. Debe volver a convertirse en un instrumento estratégico de planificación, prevención y protección ambiental.

Eso implica recuperar el análisis territorial sustantivo, fortalecer la inspección técnica, simplificar estructuras innecesarias, modernizar la normativa y aprovechar inteligentemente las capacidades tecnológicas disponibles.

La inteligencia artificial, la automatización supervisada y los sistemas modernos de información permiten construir un modelo mucho más eficiente que el actual, con estructuras más pequeñas, más técnicas y más transparentes.

El objetivo no es debilitar la protección ambiental.

El objetivo es exactamente el contrario: Construir un sistema que proteja mejor el ambiente utilizando de forma más eficiente los recursos del Estado.

Costa Rica no necesita más burocracia ambiental.

Necesita una mejor protección ambiental.

¿Cuánto cuesta realmente la educación de un estudiante universitario en Costa Rica?

Una reflexión técnica sobre costos, estructura y oportunidades para ampliar el impacto de la educación superior pública sin debilitarla
Allan Astorga Gättgens (Ex Catedrático UCR, abril 2026)

1. Una pregunta incómoda, pero necesaria

En Costa Rica, pocas instituciones despiertan tanto respeto y valoración social como la Universidad de Costa Rica y, en general, el sistema de universidades públicas. Durante décadas, estas han sido pilares fundamentales en la formación profesional, la movilidad social, la generación de conocimiento y el desarrollo nacional. Cuestionarlas, por tanto, no es un ejercicio sencillo ni cómodo. Sin embargo, en el contexto actual del país, resulta no solo válido, sino necesario.

En los últimos años, en medio de las discusiones sobre el financiamiento de la educación superior pública —particularmente alrededor del Fondo Especial para la Educación Superior (FEES)— ha emergido una cifra que merece atención: el costo aproximado anual por estudiante en universidades públicas como la Universidad de Costa Rica podría situarse en el orden de los ₡9 millones por año bajo estimaciones generales. Esta cifra, si bien debe interpretarse con cautela, plantea una interrogante legítima: ¿estamos utilizando de la manera más eficiente posible los recursos destinados a la educación superior? 

Aporto esta reflexión desde mi experiencia como ex catedrático de la Universidad de Costa Rica, donde laboré durante 29 años en jornada de medio tiempo, impartiendo dos cursos por semestre.

Es fundamental aclarar desde el inicio que este tipo de estimaciones no representan el costo directo de la docencia. El presupuesto universitario incluye múltiples funciones esenciales: investigación científica, acción social, becas, infraestructura, regionalización, servicios estudiantiles y administración institucional. Por tanto, cualquier análisis serio debe reconocer esta complejidad y evitar simplificaciones que conduzcan a conclusiones erróneas.

No obstante, incluso considerando esa complejidad, el dato sigue siendo relevante. Más aún cuando se contextualiza en un país con limitaciones fiscales estructurales, donde cada colón invertido compite con necesidades urgentes en salud, seguridad, infraestructura y educación básica. En ese escenario, la pregunta no es si la educación superior pública es importante —eso es incuestionable— sino si el modelo actual está optimizado para maximizar su impacto social.

Este planteamiento no busca deslegitimar ni debilitar a las universidades públicas. Por el contrario, parte del reconocimiento de su enorme valor estratégico para el país. Precisamente por eso, resulta imprescindible abrir un espacio de reflexión honesta, técnica y constructiva sobre su funcionamiento, sus costos y sus posibilidades de evolución.

En última instancia, el verdadero desafío no es reducir la inversión en educación superior, sino asegurar que esta inversión genere el mayor beneficio posible para la sociedad costarricense. Esto implica, inevitablemente, una disposición colectiva a revisar estructuras, cuestionar inercias y explorar nuevas formas de organización más acordes con los tiempos actuales.

2. ¿Cuánto cuesta realmente la educación de un estudiante universitario?

Antes de avanzar en cualquier análisis o comparación, es indispensable precisar cómo se construyen las cifras que suelen citarse sobre el costo por estudiante en la educación superior pública. En términos generales, el dato que ha circulado —del orden de varios millones de colones por estudiante al año— proviene de una operación relativamente simple: dividir el presupuesto institucional total entre la cantidad de estudiantes matriculados en un período determinado.

Este cálculo, aunque útil como aproximación inicial, tiene limitaciones importantes que deben ser reconocidas para evitar interpretaciones equivocadas. En primer lugar, el presupuesto de una universidad pública no está destinado exclusivamente a la docencia. Instituciones como la Universidad de Costa Rica cumplen simultáneamente múltiples funciones sustantivas: investigación científica, acción social, extensión universitaria, programas de becas, mantenimiento y expansión de infraestructura, regionalización de servicios, apoyo estudiantil y gestión administrativa. Todas estas dimensiones forman parte integral de su misión institucional y, por tanto, de su estructura de costos.

En segundo lugar, la matrícula universitaria no es un dato homogéneo ni estático. Existen diferencias entre matrícula ordinaria, matrícula equivalente a tiempo completo, estudiantes activos versus estudiantes en proceso de graduación, así como variaciones entre carreras con distintas intensidades de uso de recursos. Estas variaciones influyen en la precisión del indicador cuando se utiliza de manera agregada.

Adicionalmente, el presupuesto universitario incorpora inversiones de largo plazo que no se reflejan directamente en la experiencia inmediata de un estudiante en un año determinado. La construcción de edificios, la adquisición de equipo científico, el desarrollo de plataformas tecnológicas o el financiamiento de proyectos de investigación generan beneficios que se distribuyen a lo largo del tiempo y entre múltiples cohortes estudiantiles.

A pesar de estas limitaciones, el indicador sigue siendo valioso como herramienta comparativa, siempre que se utilice con criterio técnico. Permite contrastar distintos modelos universitarios dentro del país, así como ubicar a Costa Rica en el contexto internacional.

El punto central, entonces, no es cuestionar la validez del indicador, sino comprender su alcance. Más que una cifra exacta, debe interpretarse como una señal que invita a analizar la estructura del sistema: cómo se asignan los recursos, cómo se distribuyen entre funciones sustantivas y qué tan eficiente es el modelo para convertir inversión pública en resultados educativos, científicos y sociales.

Desde esta perspectiva, el análisis del costo por estudiante deja de ser un argumento simplista para convertirse en una herramienta de reflexión estratégica. Utilizado correctamente, permite abrir una discusión informada sobre eficiencia, pertinencia y sostenibilidad, sin desvirtuar el papel esencial que cumplen las universidades públicas en el desarrollo del país.

3. Dos modelos universitarios en un mismo país

Una vez comprendidas las limitaciones y alcances del indicador de costo por estudiante, el siguiente paso lógico es observar qué ocurre dentro del propio sistema de educación superior pública costarricense. Al hacerlo, emerge un hallazgo particularmente revelador: en términos de gasto público  por estudiante, no existe un único modelo universitario, sino al menos dos esquemas claramente diferenciados en términos de estructura, operación y costo.

Por un lado, se encuentran las universidades presenciales tradicionales, como la Universidad de Costa Rica, la Universidad Nacional y el Instituto Tecnológico de Costa Rica. Estas instituciones comparten características comunes: una fuerte inversión en infraestructura física, una alta intensidad en el uso de laboratorios y equipos especializados, una planta docente consolidada y un amplio desarrollo de actividades de investigación y acción social. Bajo el enfoque metodológico descrito anteriormente, el costo anual por estudiante en estas universidades tiende a ubicarse en un rango relativamente alto dentro del contexto nacional.

Por otro lado, existen modelos con una estructura operativa distinta, como la Universidad Estatal a Distancia y la Universidad Técnica Nacional. En estos casos, el uso más intensivo de modalidades virtuales, la optimización del uso del espacio físico y una estructura académica más flexible permiten alcanzar costos promedio por estudiante significativamente menores, sin que ello implique necesariamente una reducción en la cobertura o en la función social de la institución.

Esta coexistencia de modelos dentro del mismo sistema es, en sí misma, una fortaleza. Permite diversificar la oferta académica, ampliar el acceso a distintos perfiles de estudiantes y responder a necesidades territoriales y sectoriales diversas. Sin embargo, también abre una pregunta estratégica que hasta ahora ha sido poco explorada: ¿qué aprendizajes pueden transferirse entre estos modelos para mejorar la eficiencia global del sistema?

La diferencia en costos no debe interpretarse como una competencia entre universidades, sino como una señal de que existen distintas formas de organizar la educación superior. Mientras que el modelo presencial intensivo ofrece ventajas claras en áreas que requieren interacción directa, experimentación y trabajo de campo, los modelos más flexibles demuestran que es posible ampliar la cobertura y reducir costos mediante el uso de tecnologías digitales, metodologías híbridas y esquemas organizativos menos rígidos.

En este punto, el análisis deja de ser meramente descriptivo y comienza a adquirir un carácter prospectivo. Si el país cuenta ya con experiencias exitosas en modalidades más eficientes desde el punto de vista operativo, resulta razonable plantear si ciertos elementos de esos modelos podrían incorporarse, de manera gradual y selectiva, en las universidades tradicionales, sin sacrificar calidad académica ni debilitar sus funciones sustantivas.

Más aún, en un contexto de rápida transformación tecnológica —marcado por el avance de la inteligencia artificial, la educación en línea y las plataformas digitales—, la distinción entre modelos presenciales y virtuales tiende a difuminarse. Esto abre una oportunidad inédita para repensar la arquitectura del sistema universitario costarricense, no desde la confrontación, sino desde la convergencia inteligente de sus distintas fortalezas.

En consecuencia, el verdadero desafío no radica en elegir entre un modelo u otro, sino en diseñar un sistema híbrido, capaz de combinar lo mejor de ambos: la profundidad académica y la capacidad científica de las universidades tradicionales, con la eficiencia, flexibilidad y alcance de los modelos más modernos.

4. Costa Rica en el contexto internacional

Cuando el análisis del costo universitario se amplía al contexto internacional, la discusión adquiere una dimensión todavía más relevante. Costa Rica no puede evaluarse únicamente contra sí misma. También debe preguntarse cómo se ubica su inversión en educación superior frente a países con mayor desarrollo económico, mayor base tributaria y estructuras fiscales más robustas.

De acuerdo con datos recientes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el gasto gubernamental por estudiante en educación terciaria en Costa Rica se sitúa en aproximadamente USD 16.922 por estudiante, mientras que el promedio de la OCDE se ubica en alrededor de USD 15.102. Este dato debe ser leído con prudencia, pues corresponde a una metodología internacional basada en estudiantes equivalentes a tiempo completo y dólares ajustados por paridad de poder adquisitivo. Sin embargo, aun con esas precauciones, el resultado es significativo: Costa Rica invierte por estudiante universitario, desde fuentes públicas, en un nivel comparable e incluso superior al promedio de países desarrollados.

Este contraste resulta particularmente importante porque Costa Rica no cuenta con la misma capacidad fiscal de muchas economías de la OCDE. Mientras varios países europeos financian su educación superior dentro de sistemas tributarios más amplios, con mayor ingreso per cápita y redes de bienestar consolidadas, Costa Rica enfrenta restricciones presupuestarias severas, alto endeudamiento público, presiones crecientes en salud, seguridad, infraestructura y una educación básica que también requiere atención urgente.

Desde esta perspectiva, el problema no es que Costa Rica invierta demasiado en educación superior. El problema es que, al invertir tanto en relación con su capacidad fiscal, el país tiene la obligación de asegurarse de que cada recurso colocado en el sistema universitario genere el mayor retorno social posible. Dicho de otra manera: una inversión alta exige también una alta responsabilidad institucional, una alta eficiencia operativa y una alta capacidad de adaptación.

La comparación internacional permite, además, evitar dos extremos. El primero sería afirmar, de manera simplista, que el gasto universitario público debe reducirse por ser elevado. El segundo sería sostener que cualquier revisión del modelo representa un ataque contra la universidad pública. Ninguno de esos extremos ayuda al país. Lo razonable es reconocer que Costa Rica ha hecho un esfuerzo importante para financiar su educación superior y, precisamente por ello, debe preguntarse si el modelo actual está preparado para responder a las necesidades del siglo XXI.

En países desarrollados, la discusión sobre educación superior no se limita al monto del presupuesto. También incluye productividad académica, pertinencia curricular, empleabilidad, innovación, transferencia tecnológica, eficiencia administrativa, digitalización, investigación aplicada y articulación con los sectores productivos y sociales. Costa Rica debería avanzar hacia una conversación similar: menos centrada en la defensa automática de montos históricos y más orientada a resultados verificables, cobertura ampliada y transformación institucional.

La pregunta estratégica, entonces, no es si la universidad pública debe recibir recursos. Debe recibirlos. La pregunta es si el sistema puede modernizarse para formar a más estudiantes, responder con mayor rapidez a los cambios tecnológicos, reducir rigideces internas y multiplicar su impacto sin requerir aumentos presupuestarios proporcionales. Ahí está el verdadero punto de equilibrio entre autonomía universitaria, responsabilidad pública y sostenibilidad fiscal.

En síntesis, la comparación internacional no debe utilizarse para desacreditar a las universidades costarricenses, sino para elevar el nivel de la discusión. Si Costa Rica invierte en educación superior pública a niveles comparables con países desarrollados, entonces también tiene derecho —y necesidad— de exigir una universidad pública moderna, flexible, eficiente, inclusiva y estratégicamente alineada con el futuro del país.

5. Más allá de los números

Una vez analizados los costos y su contexto nacional e internacional, el debate entra en una dimensión más compleja, pero también más relevante: la estructura interna del sistema universitario. Aquí es donde la discusión deja de girar en torno a cifras y se traslada hacia la forma en que las universidades están organizadas, cómo operan y qué tan preparadas están para adaptarse a los cambios del entorno.

Uno de los elementos más evidentes, aunque poco discutidos, es el uso del espacio físico. En universidades presenciales tradicionales como la Universidad de Costa Rica, una proporción significativa de la infraestructura está destinada a oficinas individuales para el personal docente. Este modelo, históricamente justificado por la necesidad de preparación académica, investigación y atención estudiantil, responde a una lógica organizativa propia del siglo XX. Sin embargo, en el contexto actual, caracterizado por el teletrabajo, la digitalización de bibliografía y el uso de plataformas virtuales, resulta pertinente preguntarse si este esquema sigue siendo el más eficiente.

La observación empírica sugiere que una parte considerable del espacio universitario podría estar subutilizada desde la perspectiva del aprendizaje directo. Mientras las aulas, laboratorios y espacios colaborativos para estudiantes enfrentan limitaciones, una fracción importante de la infraestructura permanece asignada a usos individuales permanentes. Sin necesidad de realizar afirmaciones categóricas, esta situación abre una línea clara de análisis: la posibilidad de migrar progresivamente hacia modelos de uso compartido del espacio, estaciones de trabajo flexibles para docentes y una mayor priorización de áreas dedicadas a la formación estudiantil.

A este elemento se suma un segundo factor estructural: la rigidez institucional. Las universidades públicas costarricenses han desarrollado, a lo largo del tiempo, sistemas de gobernanza altamente participativos, con múltiples niveles de deliberación y control. Este diseño ha sido clave para resguardar la autonomía universitaria y garantizar la calidad académica. No obstante, también ha generado estructuras que, en ciertos casos, dificultan la toma de decisiones ágiles, especialmente en un contexto donde la velocidad del cambio tecnológico y del mercado laboral exige respuestas mucho más dinámicas.

La modificación de planes de estudio, la creación de nuevas carreras o la adaptación de programas existentes puede requerir procesos largos, complejos y altamente reglamentados. Esto contrasta con un entorno global en el que surgen constantemente nuevas disciplinas, muchas de ellas vinculadas a la inteligencia artificial, la ciencia de datos, la automatización, la sostenibilidad y la economía digital. La capacidad de respuesta del sistema universitario, en este sentido, se convierte en un factor crítico.

Un tercer elemento que merece atención es la evolución de la estructura administrativa. Sin prejuzgar conclusiones, existe la percepción —que debe ser verificada con datos históricos— de que el crecimiento del personal administrativo podría haber superado, en ciertos períodos, el crecimiento de la población estudiantil. De ser así, se abriría una discusión legítima sobre la eficiencia del aparato institucional y la necesidad de revisar la relación entre funciones sustantivas y estructuras de soporte.

Finalmente, surge el tema de la posible duplicidad de funciones dentro del sistema. En un país pequeño, con recursos limitados, resulta razonable analizar si ciertas actividades —como redes de monitoreo, centros de investigación o programas especializados— podrían beneficiarse de una mayor integración, coordinación o uso compartido de infraestructura. Este tipo de análisis no implica cuestionar la calidad del trabajo realizado, sino más bien explorar formas de optimizar recursos y fortalecer capacidades.

En conjunto, estos elementos configuran un diagnóstico que no apunta a debilitar a la universidad pública, sino a identificar oportunidades de mejora. La pregunta central no es si el sistema funciona —porque claramente ha sido exitoso en múltiples dimensiones— sino si puede evolucionar para ser aún más eficiente, más flexible y más alineado con los desafíos del presente y del futuro.

Este bloque marca un punto de inflexión en la discusión. A partir de aquí, el análisis deja de ser descriptivo y se orienta hacia la construcción de soluciones. Porque si algo queda claro es que el país no necesita menos universidad pública, sino una universidad pública capaz de hacer más, con mayor impacto y con una estructura más adaptada a los tiempos actuales.

6. Hacia una universidad más abierta, flexible y capaz de multiplicar su impacto

Si el diagnóstico anterior identifica oportunidades de mejora en la estructura del sistema universitario, el siguiente paso es avanzar hacia una propuesta constructiva. El objetivo no debe ser reducir el alcance de la universidad pública ni debilitar sus funciones, sino potenciar su capacidad para formar más estudiantes, adaptarse con mayor rapidez a los cambios y generar un impacto aún más amplio en la sociedad costarricense.

Una primera línea de transformación se relaciona con la optimización del uso de la infraestructura. Sin eliminar espacios esenciales para la investigación o la docencia, es posible replantear gradualmente el modelo de ocupación física, incorporando esquemas más flexibles. La transición hacia estaciones de trabajo compartidas para docentes, el fortalecimiento de espacios colaborativos y la priorización de aulas, laboratorios y áreas de aprendizaje estudiantil permitirían ampliar la capacidad instalada sin requerir inversiones proporcionales en nueva infraestructura.

Una segunda línea clave es la incorporación estratégica de tecnologías digitales. La experiencia reciente ha demostrado que la educación virtual y los modelos híbridos pueden complementar, y en muchos casos potenciar, la enseñanza presencial. La integración de plataformas educativas avanzadas, recursos digitales y herramientas basadas en inteligencia artificial abre la posibilidad de ampliar significativamente la cobertura académica sin incrementar en la misma proporción los costos operativos.

En este contexto, la inteligencia artificial se perfila como un elemento transformador. No solo como objeto de estudio, sino como herramienta para mejorar procesos de enseñanza, evaluación, personalización del aprendizaje y gestión académica. Su incorporación adecuada podría permitir que un mismo cuerpo docente atienda a un mayor número de estudiantes, manteniendo estándares de calidad y fortaleciendo la interacción pedagógica.

Una tercera línea de acción apunta a la renovación de la oferta académica. El modelo tradicional, centrado principalmente en bachilleratos, licenciaturas y posgrados largos, puede complementarse con programas más flexibles y de menor duración, como diplomados, certificaciones técnicas y trayectorias modulares de formación. Estas alternativas permitirían responder con mayor rapidez a las demandas del mercado laboral y facilitar la inserción temprana de los jóvenes en el mundo productivo.

Asimismo, resulta fundamental revisar los mecanismos de acceso a la educación superior. Sin comprometer la calidad académica, la ampliación de cupos mediante nuevos formatos educativos y una mayor diversificación de programas podría contribuir a reducir el carácter restrictivo de ciertas carreras altamente demandadas.

Otro componente esencial es la mejora de la agilidad institucional. Esto implica revisar procedimientos internos, simplificar procesos de toma de decisiones y fortalecer la capacidad de respuesta ante cambios externos.

Finalmente, todas estas transformaciones deben entenderse dentro de un principio clave: crecimiento sin expansión desproporcionada del aparato administrativo. El objetivo no es aumentar la burocracia para atender a más estudiantes, sino encontrar formas más eficientes de organizar el trabajo académico y administrativo.

En conjunto, estas líneas de acción apuntan hacia una visión clara: una universidad pública que, manteniendo su calidad, su compromiso social y su capacidad científica, sea capaz de formar a muchos más estudiantes con los mismos recursos o con incrementos moderados.

Este no es un cambio menor. Implica repensar prácticas arraigadas, ajustar estructuras y asumir una transformación progresiva. Sin embargo, también representa una oportunidad histórica: convertir a la universidad pública costarricense en un referente regional de modernización, eficiencia y expansión del acceso al conocimiento.

7. Una oportunidad país

El debate sobre el financiamiento de la educación superior pública en Costa Rica no debería reducirse a una discusión coyuntural sobre montos presupuestarios. Tampoco debería convertirse en un enfrentamiento estéril entre el Gobierno y las universidades. En realidad, lo que está en juego es mucho más profundo: la capacidad del país para adaptar uno de sus pilares institucionales más importantes a las exigencias del siglo XXI.

La universidad pública costarricense ha sido, históricamente, un motor de movilidad social, generación de conocimiento y construcción de ciudadanía. Ese valor no está en discusión. Lo que sí debe discutirse, con apertura y responsabilidad, es cómo potenciar ese legado en un contexto radicalmente distinto al que le dio origen. Un contexto marcado por la revolución tecnológica, la aceleración del conocimiento, la transformación del mercado laboral y las limitaciones fiscales del Estado.

En este escenario, la discusión sobre el Fondo Especial para la Educación Superior (FEES) debe entenderse como una oportunidad estratégica. No como una amenaza, sino como un punto de inflexión. Un momento en el que el país puede preguntarse, con seriedad y sin prejuicios, cómo lograr que la inversión en educación superior genere un mayor retorno social, una mayor cobertura y una mayor pertinencia.

La clave está en el enfoque. No se trata de reducir recursos ni de debilitar la autonomía universitaria. Se trata de evolucionar. De construir un modelo más flexible, más dinámico y más eficiente, capaz de formar a más estudiantes, responder más rápido a los cambios y aprovechar mejor las herramientas tecnológicas disponibles. Un modelo que mantenga la excelencia académica, pero que amplíe significativamente su alcance.

Este proceso, naturalmente, implica responsabilidades compartidas. Las universidades deben estar dispuestas a realizar ejercicios de autocrítica, revisar estructuras internas y explorar nuevas formas de organización. El Estado, por su parte, debe garantizar condiciones de financiamiento estables, respetar la autonomía universitaria y acompañar los procesos de transformación con visión de largo plazo. Y la sociedad en su conjunto debe comprender que la educación superior no es un gasto, sino una inversión estratégica que debe ser gestionada con rigor y con inteligencia.

En última instancia, el reto es claro: hacer más y mejor con lo que ya se tiene, antes de plantear aumentos proporcionales en los recursos. Esto no implica sacrificios innecesarios ni decisiones traumáticas, sino una reconfiguración progresiva del sistema, basada en evidencia, innovación y sentido de responsabilidad colectiva.

Costa Rica ha demostrado, en múltiples momentos de su historia, una capacidad notable para construir consensos en torno a temas estratégicos. La educación superior pública debería ser uno de ellos. No para preservar el statu quo, sino para transformarlo inteligentemente.

Si este proceso se aborda con visión, el país podría lograr algo extraordinario: convertir a su sistema universitario en un modelo de referencia internacional, no solo por su calidad académica, sino por su capacidad de adaptarse, crecer y responder a las necesidades reales de su población.

Esa es la verdadera oportunidad. Y, al mismo tiempo, la responsabilidad.

Referencia de fuentes consultadas:

Universidad de Costa Rica. (2025). Informe de evaluación semestral del Plan Anual Operativo Institucional 2025. Oficina de Planificación Universitaria (OPLAU).

Universidad de Costa Rica. (2025). Datos de matrícula institucional, II ciclo lectivo 2025. San José, Costa Rica.

Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). (2025). Education at a Glance 2025: OECD Indicators. OECD Publishing.

Universidad de Costa Rica. (2025). Plan Anual Operativo Institucional y presupuesto universitario. Oficina de Planificación Universitaria (OPLAU).

Consejo Nacional de Rectores (CONARE). (2024). Indicadores del sistema de educación superior estatal. San José, Costa Rica.

Universidad Estatal a Distancia (UNED). (2024). Informe de labores institucional. San José, Costa Rica.

Universidad Técnica Nacional (UTN). (2025). Datos institucionales y matrícula anual. Costa Rica.

Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). (2025). Education at a Glance 2025: Costa Rica. OECD Publishing.

Universidad de Costa Rica. (2024). Informe institucional de gestión y uso de infraestructura. San José, Costa Rica.

 Aplicaciones de inteligencia artificial en educación superior: tendencias y desafíos globales. 

El Domo Térmico de Costa Rica: la riqueza invisible que podría convertirnos en potencia pesquera mundial

Allan Astorga Gättgens (abril 2026)

 

1. El país que no mira al mar como fuente de su desarrollo

Costa Rica ha construido, con mérito, una identidad profundamente ligada a su territorio continental. Bosques, parques nacionales, agricultura, turismo sostenible: todo eso forma parte de una historia de éxito que el mundo reconoce.

Pero hay una omisión estructural en esa narrativa país. Costa Rica no es solo un territorio terrestre. Es, en realidad, una nación oceánica.

Mientras el territorio continental ronda los 51.000 kilómetros cuadrados, el país posee una Zona Económica Exclusiva cercana a los 589.000 kilómetros cuadrados, más de diez veces su superficie terrestre [ver Figura 1]. Sin embargo, ese vasto espacio marino no ha sido integrado como parte central del modelo de desarrollo nacional.

Fig. 2. Zona Económica Exclusiva de Costa Rica. El área marina de Costa Rica sobrepasa los 580.000 kilómetros cuadrados. (Imagen de “Geography of Costa Rica”, documento elaborado por Silvia Meléndez).

No es un problema de falta de recurso. Es un problema de visión.

Durante décadas, el mar ha sido percibido como un borde geográfico, no como un eje estructural del país. Se le ha asociado con turismo, pesca artesanal o conservación puntual, pero rara vez se le ha entendido como lo que realmente es: uno de los activos estratégicos más importantes de Costa Rica en el siglo XXI.

Y esa desconexión tiene consecuencias.

En un contexto global donde la seguridad alimentaria, la reorganización de los ecosistemas marinos y la “economía azul” están redefiniendo el desarrollo de las naciones, ignorar el océano es una desventaja estratégica [2].

Más aún cuando, dentro de ese territorio marítimo, Costa Rica posee un sistema oceanográfico excepcional: el Domo Térmico de Costa Rica.

Se trata de un fenómeno real, documentado científicamente, que convierte una porción del Pacífico Oriental Tropical en una de las zonas de mayor productividad biológica del planeta [3].

En términos prácticos, esto se traduce en la concentración de especies de alto valor comercial como el atún aleta amarilla (Thunnus albacares), el dorado (Coryphaena hippurus), el pez espada (Xiphias gladius) y el atún patudo (Thunnus obesus).

Sin embargo, aquí surge una paradoja difícil de justificar:

Costa Rica posee uno de los sistemas marinos más productivos del Pacífico y la gran mayoría de su población no sabe que existe. Ni lo conoce. Ni lo entiende. Ni lo incorpora en su visión de país.

Ese vacío no es menor. Porque en el siglo XXI, los países que logren comprender, gestionar y aprovechar de manera inteligente su territorio marino serán los que lideren en estabilidad económica, resiliencia y capacidad de adaptación.

Costa Rica tiene esa oportunidad frente a sí. Pero reconocerla implica algo más que describir el recurso. Implica cambiar la forma en que el país se ve a sí mismo. Pasar de ser un país que mira hacia la tierra a ser un país que entiende que su futuro también está en el mar.

2. La fábrica invisible de vida: ¿qué es el Domo Térmico de Costa Rica?

Para entender el potencial del Domo Térmico de Costa Rica, primero hay que comprender una idea sencilla pero fundamental: el océano, en la mayoría de su extensión, es un desierto biológico.

Aunque a simple vista parezca abundante, gran parte del océano tiene muy pocos nutrientes disponibles en sus capas superficiales. Sin nutrientes, no hay fitoplancton. Y sin fitoplancton, no hay cadena alimentaria.

Por eso, la vida en el mar no se distribuye de manera uniforme. Se concentra en zonas muy específicas donde ocurren procesos físicos que permiten que los nutrientes lleguen a la superficie.

Uno de esos procesos es la surgencia oceánica, o upwelling (ver Figura 2).

Fig. 2. Esquema ilustrativo de una surgencia submarina (upwelling). Fuente: NOAA (National Oceanic Atmospheric Administration).

La surgencia ocurre cuando aguas profundas, frías y ricas en nutrientes ascienden hacia la superficie. Estas aguas contienen nitratos, fosfatos y otros elementos esenciales que activan la producción primaria del océano.

El Domo Térmico de Costa Rica es precisamente uno de esos sistemas.

Se forma por la interacción compleja entre los vientos alisios, la rotación de la Tierra (efecto de Coriolis) y la dinámica de corrientes marinas en el Pacífico Oriental Tropical. Esta combinación genera una elevación de la termoclina acercando aguas ricas en nutrientes a la superficie [4][3].

El resultado es extraordinario. Se activa una verdadera “fábrica de vida” en medio del océano. El proceso funciona como una cadena:

•       aumento de nutrientes

•       proliferación de fitoplancton

•       crecimiento del zooplancton

•       incremento de peces pequeños

•       atracción de grandes depredadores

Y en la parte superior de esa cadena aparecen especies altamente valoradas en los mercados internacionales, como:

•       atún aleta amarilla (Thunnus albacares)

•       atún patudo (Thunnus obesus)

•       dorado (Coryphaena hippurus)

•       pez espada (Xiphias gladius)

•       wahoo (Acanthocybium solandri) y marlines

Desde el punto de vista científico, esto convierte al Domo Térmico en un “hotspot biológico”, es decir, una zona de alta concentración de biomasa en comparación con las aguas circundantes [3]. Pero hay una característica que lo hace aún más relevante —y más complejo—: el Domo Térmico no es un sistema fijo.

A diferencia de los sistemas de surgencia costera como los de Perú o California, el Domo de Costa Rica es un sistema oceánico abierto y dinámico. Se desplaza. Se expande y se contrae. Se intensifica o se debilita.

Su comportamiento depende de factores como la intensidad de los vientos, la temperatura superficial del mar, la dinámica de corrientes regionales y fenómenos climáticos como El Niño y La Niña.

Esto tiene una implicación clave: el Domo no es una fuente constante de producción. Es un sistema vivo. Un sistema que funciona por pulsos de productividad, por cambios en el tiempo y en el espacio. Y eso cambia completamente la forma en que debe ser entendido.

No se puede gestionar como una mina. No se puede explotar como un recurso estático. Debe ser comprendido, monitoreado y manejado con inteligencia científica. Porque ahí radica tanto su potencial como su vulnerabilidad.

3. La riqueza que no hemos sabido aprovechar

Si el Domo Térmico de Costa Rica es uno de los sistemas de mayor productividad biológica del Pacífico Oriental Tropical, la pregunta es inevitable: ¿por qué el país no ha convertido ese potencial en un eje estratégico de su desarrollo?

La respuesta no es simple, pero sí es clara en su esencia: Costa Rica no ha tenido un modelo país para el mar.

Durante décadas, el desarrollo nacional se ha construido con éxito sobre el territorio continental. Agricultura, turismo, servicios, conservación: un modelo sólido, reconocido internacionalmente. Pero en ese proceso, el océano quedó fuera de la ecuación estratégica.

No porque no existiera riqueza, sino porque nunca se incorporó como prioridad.

En el ámbito pesquero, el enfoque predominante ha sido de carácter administrativo: otorgamiento de licencias, regulaciones generales y controles parciales. Este modelo ha permitido cierto orden, pero no responde ni a la complejidad de un sistema dinámico como el Domo Térmico ni a la magnitud de su potencial económico [2].

En la práctica, esto ha generado distorsiones estructurales. Una de las más relevantes es la baja captura de valor.

Durante años, una parte importante de los recursos marinos ha sido aprovechada sin que su valor real se traduzca en beneficios proporcionales para el país. En muchos casos, la actividad se ha concentrado en la extracción primaria, con limitado procesamiento local, escasa diferenciación de producto y débil posicionamiento en mercados de alto valor [5].

El resultado es claro: Costa Rica ha tenido recurso, pero no ha construido cadena de valor.

A esto se suma una segunda limitación crítica: el control.

El Domo Térmico se ubica en mar abierto, en una región extensa, dinámica y técnicamente compleja de monitorear. Sin sistemas robustos de seguimiento satelital, trazabilidad en tiempo real y fiscalización efectiva, el control del aprovechamiento del recurso se vuelve limitado.

En ese contexto, la evidencia internacional es consistente: las zonas de alta productividad oceánica tienden a atraer presión pesquera significativa, incluyendo pesca ilegal, no declarada o no regulada cuando los mecanismos de control son insuficientes [6].

Esto no implica necesariamente un colapso del recurso, pero sí un uso subóptimo desde la perspectiva país:

•       bajo aprovechamiento económico real

•       limitada generación de empleo en la cadena productiva

•       escasa integración con el desarrollo de comunidades costeras

•       débil incorporación de información científica en la toma de decisiones

Pero hay un punto aún más importante, y es aquí donde el problema se vuelve estratégico.

El Domo Térmico no es un recurso estático.

Es un sistema altamente dinámico, cuya productividad depende de procesos oceanográficos complejos y cada vez más influenciados por el cambio climático. Gestionarlo bajo un esquema rígido, basado únicamente en permisos o en lógica extractiva tradicional, no solo es ineficiente. Es técnicamente inadecuado.

El país no ha sobreexplotado el Domo en términos clásicos. Lo que ha ocurrido es algo distinto, y más sutil: lo ha subgestionado. No se han construido las herramientas institucionales, tecnológicas y científicas necesarias para entenderlo en tiempo real, anticipar su comportamiento y aprovecharlo de forma estratégica.

Y en el contexto actual, esto adquiere una dimensión aún mayor. El océano global está cambiando. Las zonas de productividad se están reorganizando. La biomasa marina se redistribuye en función de nuevas condiciones climáticas [7].

En ese escenario, los países que logren comprender a tiempo sus sistemas marinos y gestionarlos con inteligencia tendrán una ventaja estructural significativa. Los que no, quedarán rezagados.

Costa Rica todavía está en una posición privilegiada. No parte de un sistema colapsado. No enfrenta una degradación irreversible. Pero sí enfrenta una decisión crítica: seguir administrando el mar como un recurso secundario o empezar a gestionarlo como un activo estratégico de primer orden.

Porque, en el fondo, el problema nunca ha sido la ausencia de riqueza. Ha sido la ausencia de una visión país capaz de reconocerla y convertirla en desarrollo.

4. Un sistema vivo y vulnerable: el Domo Térmico en el contexto del cambio climático

El Domo Térmico de Costa Rica no existe en aislamiento. Forma parte de un sistema mucho más grande y profundamente interconectado: el océano global.

Y ese sistema está cambiando.

En las últimas décadas, la evidencia científica ha sido contundente: el océano ha absorbido más del 90 % del exceso de calor generado por las emisiones de gases de efecto invernadero, alterando no solo su temperatura, sino también su estructura interna, su química y su dinámica [7].

Este proceso no es superficial. Está modificando el funcionamiento mismo del océano.

Uno de los cambios más relevantes es el aumento de la estratificación térmica. A medida que las aguas superficiales se calientan, se vuelven más ligeras y estables, lo que reduce la mezcla vertical con las aguas profundas.

Y esa mezcla es clave. Porque es precisamente la que permite que los nutrientes asciendan hacia la superficie.

Cuando la mezcla disminuye, la productividad biológica del océano tiende a reducirse.

Sin embargo, este proceso no ocurre de manera uniforme en todo el planeta. El océano no está colapsando de forma homogénea. Está entrando en una fase de reorganización funcional.

Mientras algunas regiones —especialmente en latitudes medias y altas— muestran señales de disminución en su productividad, otras zonas asociadas a sistemas de surgencia mantienen o incluso refuerzan su relevancia en el contexto global [2].

El Domo Térmico de Costa Rica se encuentra precisamente dentro de este grupo.

Su dinámica de surgencia le permite sostener niveles importantes de productividad incluso bajo condiciones de calentamiento global. Pero esto no significa que sea inmune.

Todo lo contrario. El Domo está cambiando.

El aumento de la temperatura superficial del mar puede afectar la eficiencia de la surgencia, limitando en ciertos momentos el ascenso de nutrientes. A esto se suma una mayor variabilidad climática, asociada a fenómenos como El Niño y La Niña, que pueden debilitar o intensificar el sistema de manera temporal.

El resultado es un cambio en el patrón de funcionamiento.

El Domo deja de comportarse como un sistema relativamente estable y pasa a operar como un sistema de productividad por pulsos.

Es decir: periodos de alta concentración de biomasa seguidos por fases de menor intensidad productiva.

Desde el punto de vista ecológico, esto implica una redistribución de la vida marina. Las especies no desaparecen necesariamente, pero cambian su comportamiento: se desplazan, se concentran en zonas específicas y responden a condiciones oceanográficas cambiantes.

Desde el punto de vista pesquero, esto tiene una implicación directa: la eficiencia ya no depende únicamente del esfuerzo. Depende de la capacidad de entender el sistema en tiempo real.

Y aquí es donde el enfoque tradicional deja de ser suficiente.

No es viable gestionar un sistema dinámico con herramientas estáticas. No es sostenible definir cuotas rígidas sin considerar el estado del océano. No es eficiente basarse únicamente en datos históricos.

Se requiere un cambio de enfoque.

Un modelo basado en monitoreo continuo, indicadores oceanográficos, análisis científico en tiempo real y capacidad de adaptación en la toma de decisiones.

Este es precisamente el tipo de enfoque que la literatura científica internacional ha identificado como indispensable en un contexto de cambio climático: la gestión adaptativa basada en evidencia [7].

Pero hay un elemento adicional que hace este análisis aún más relevante.

En un escenario global donde muchos ecosistemas marinos enfrentan degradación, pérdida de biomasa y sobreexplotación, el Domo Térmico de Costa Rica mantiene una condición relativamente favorable dentro del Pacífico Oriental Tropical.

Esto lo convierte en un sistema estratégicamente valioso.

No solo por lo que es hoy, sino por lo que puede llegar a ser en un futuro cercano.

Sin embargo, esa ventaja no está garantizada.

Un sistema dinámico, sometido a presión y mal gestionado, puede deteriorarse rápidamente.

Y aquí es donde la diferencia entre oportunidad y riesgo se vuelve crítica: el cambio climático no elimina el potencial del Domo, pero sí eleva el nivel de exigencia para gestionarlo correctamente.

Porque en un océano que cambia, los sistemas que se mantienen productivos no son necesariamente los más abundantes. Son los mejor comprendidos y los mejor gestionados.

5. La oportunidad país: del Domo Térmico a una economía azul de alto valor

Si el Domo Térmico de Costa Rica es un sistema altamente productivo, y si el océano global está entrando en una fase de reorganización, entonces la pregunta deja de ser científica. Pasa a ser estratégica.

¿Qué puede hacer Costa Rica con esto?

La respuesta es clara: convertir el Domo Térmico en uno de los pilares de un nuevo modelo de desarrollo basado en el mar.

Porque lo que está en juego no es únicamente pesca. Es economía, empleo, seguridad alimentaria y posicionamiento internacional.

Desde el punto de vista técnico, diversos análisis coinciden en que el Domo Térmico tiene capacidad para sostener, bajo criterios de manejo sostenible, capturas en el orden de 80.000 a 120.000 toneladas anuales de especies pelágicas de alto valor comercial [2].

Pero ese dato, por sí solo, no es lo más importante. La verdadera diferencia está en cómo se gestiona ese recurso.

Hoy, en el mercado internacional, el valor del producto varía significativamente según el nivel de procesamiento y certificación:

•       materia prima sin procesar: aproximadamente $1.500 por tonelada

•       producto procesado: alrededor de $3.000 por tonelada

•       producto premium certificado: hasta $4.500 por tonelada

Esto cambia completamente la lógica económica.

No se trata simplemente de pescar más. Se trata de capturar más valor.

En un escenario básico, el Domo podría generar ingresos cercanos a los $120 millones anuales.

Pero en un escenario estratégico —con procesamiento nacional, trazabilidad y posicionamiento en mercados premium— el valor podría superar los $500 millones anuales.

La diferencia no está en el océano. Está en el modelo país.

Costa Rica no debe aspirar a ser un país que exporta materia prima. Debe convertirse en un país que pesca con inteligencia, procesa con valor agregado, certifica con estándares ambientales y exporta calidad premium.

Este cambio implica una transformación estructural del sector pesquero.

Requiere desarrollar una flota nacional moderna, infraestructura portuaria y cadena de frío, plantas de procesamiento, sistemas de trazabilidad completa y certificación ambiental internacional.

Y, sobre todo, implica que el valor económico se quede en el país.

El impacto de este modelo no se limita a las cifras macroeconómicas. Tiene un efecto directo en el territorio.

Por cada 1.000 toneladas procesadas, se pueden generar entre 40 y 60 empleos directos, además de empleo indirecto en transporte, logística y servicios [8].

Esto abre una oportunidad concreta para dinamizar regiones como Puntarenas, Guanacaste y el Pacífico Central.

A esto se suma una ventaja estratégica clave: la calidad ambiental de las aguas costarricenses.

En un contexto global donde la contaminación marina aumenta, la posibilidad de ofrecer productos de origen limpio representa un diferencial competitivo real.

El mercado internacional ya no busca solo volumen. Busca trazabilidad, sostenibilidad, calidad sanitaria y confianza en el origen.

Pero hay un elemento clave que debe ser entendido: el Domo Térmico no puede ser la única base del sistema productivo.

Por su naturaleza dinámica, debe complementarse con acuicultura marina estratégica.

Este enfoque dual —pesca oceánica y acuicultura— permite estabilizar la producción, reducir riesgos climáticos y diversificar la base productiva.

Existe potencial en especies como cobia, pargo, camarón, moluscos y macroalgas.

Este componente no sustituye al Domo. Lo fortalece.

Desde el punto de vista financiero, la implementación de este modelo requiere una inversión inicial estimada entre 300 y 400 millones de dólares.

Pero no es un gasto. Es una inversión país.

Una inversión con capacidad de generar ingresos anuales cercanos a los 500 millones de dólares, además de empleo y desarrollo regional.

Lo que está frente a Costa Rica no es un proyecto sectorial. Es una redefinición de su modelo de desarrollo.

En un mundo donde los océanos están cambiando y la demanda de proteína marina seguirá creciendo, los países que logren gestionar sus recursos con inteligencia serán los que lideren.

Costa Rica tiene recurso, estabilidad institucional y reputación ambiental.

Lo único que falta es decisión.

6. La propuesta: una ley para transformar el modelo pesquero de Costa Rica

Frente a este contexto —un sistema oceánico en transformación, un recurso estratégico subutilizado y una oportunidad país evidente— la conclusión es inevitable: Costa Rica necesita cambiar la forma en que gestiona su riqueza marina.

No con ajustes menores. No con reformas parciales. Sino con un cambio estructural en su modelo de gestión pesquera.

Ese es precisamente el objetivo del Proyecto de Ley para el Aprovechamiento Pesquero Sostenible y Estratégico del Domo Térmico de Costa Rica.

Esta propuesta no surge como una iniciativa aislada. Es la respuesta técnica a un problema claramente identificado: la ausencia de un modelo moderno, científico y estratégico para gestionar el principal sistema productivo del océano costarricense.

El modelo actual, basado principalmente en licencias, regulaciones generales y controles parciales, fue diseñado para un contexto distinto. No responde a la dinámica de un sistema como el Domo Térmico, ni permite capturar plenamente el valor que ese sistema puede generar para el país.

La propuesta introduce un cambio fundamental: pasar de un modelo administrativo a un modelo de gestión adaptativa basada en ciencia.

Esto implica que las decisiones clave —cuánto pescar, cuándo pescar y dónde pescar— no se definan de forma fija, sino que se ajusten continuamente en función del estado real del sistema.

No se trata de pescar más. Se trata de pescar mejor.

Para ello, el proyecto plantea la incorporación de herramientas técnicas esenciales: monitoreo oceanográfico continuo, uso de indicadores de productividad, evaluación periódica de biomasa y análisis en tiempo real del comportamiento del sistema.

Uno de los pilares centrales de la propuesta es la implementación de Reglas de Control de Captura, que permiten ajustar el esfuerzo pesquero de manera automática según las condiciones del ecosistema.

Esto elimina la discrecionalidad y la sustituye por decisiones basadas en evidencia.

En paralelo, la propuesta contempla la creación de un Comité Científico Permanente, integrado por especialistas, cuya función será evaluar el estado del Domo Térmico y emitir recomendaciones técnicas para la gestión del recurso.

Este elemento introduce la gobernanza basada en ciencia como eje del modelo.

Pero la ley no se limita al manejo biológico del recurso. También aborda uno de los principales vacíos del sistema actual: el control.

El proyecto plantea fortalecer el monitoreo mediante seguimiento satelital de embarcaciones, trazabilidad completa del producto, registro digital obligatorio de capturas y sistemas de verificación en tiempo real.

Esto permite enfrentar problemas estructurales como la pesca ilegal, la subdeclaración de capturas y la falta de transparencia en la cadena productiva.

Al mismo tiempo, la propuesta incorpora un componente clave para transformar el impacto económico del sector: la captura de valor agregado dentro del país.

Esto implica promover el desarrollo de flota nacional, el procesamiento interno del producto, la certificación ambiental y la exportación de productos de alto valor.

De esta forma, el modelo deja de centrarse en la extracción y pasa a centrarse en la generación de valor.

Adicionalmente, la propuesta integra un enfoque estratégico que responde al contexto de cambio climático: un modelo dual que combina pesca oceánica con acuicultura marina sostenible.

Este componente permite estabilizar la producción, reducir la vulnerabilidad frente a la variabilidad del Domo y diversificar la base productiva nacional.

Desde el punto de vista financiero, la implementación del sistema requiere una inversión inicial estimada entre 300 y 400 millones de dólares.

Pero no se trata de un gasto. Es una inversión estructural con capacidad de generar ingresos anuales cercanos a los 500 millones de dólares, además de empleo, desarrollo regional y fortalecimiento de la seguridad alimentaria.

Más allá de sus componentes técnicos y económicos, el valor principal de esta propuesta es su visión: integrar el mar como un eje central del desarrollo nacional.

Este proyecto de ley no pretende ser una solución perfecta. Pero sí cumple una función fundamental: abrir la discusión correcta, introducir una base técnica sólida y proponer un camino viable hacia un modelo pesquero moderno, sostenible y alineado con los desafíos del siglo XXI.

Porque, en última instancia, lo que está en juego no es únicamente una ley. Es la capacidad del país de entender su realidad y actuar en consecuencia.

7. Una decisión país: mirar al mar y pensar en grande

Costa Rica se encuentra frente a una decisión que no es menor.

No se trata únicamente de desarrollar un nuevo sector productivo. No se trata solo de aprovechar mejor un recurso natural.

Se trata de algo más profundo: definir cómo queremos posicionarnos como país en el siglo XXI.

Durante décadas, Costa Rica ha construido una imagen internacional basada en la protección ambiental, la estabilidad institucional y la búsqueda de un desarrollo sostenible. Ese camino ha sido correcto.

Pero hoy, el contexto global ha cambiado.

El mundo enfrenta una creciente presión sobre sus sistemas alimentarios. Los océanos están en transformación. Las pesquerías tradicionales se están reconfigurando.

Y la demanda de proteína marina continúa creciendo.

En ese escenario, los países que logren integrar ciencia, sostenibilidad y visión estratégica serán los que lideren.

Costa Rica tiene esa posibilidad.

Tiene un territorio marino amplio. Tiene un sistema oceanográfico excepcional. Tiene una reputación ambiental sólida. Y tiene la capacidad institucional para hacer las cosas bien.

Lo que históricamente ha faltado no es recurso. Es decisión.

El Domo Térmico de Costa Rica representa mucho más que una zona de alta productividad biológica.

Es una oportunidad para repensar el papel del mar en la economía nacional. Es una oportunidad para generar empleo en las zonas costeras. Es una oportunidad para producir alimentos de alta calidad bajo estándares ambientales. Es una oportunidad para posicionar a Costa Rica como un referente internacional en economía azul sostenible.

Pero también es una responsabilidad.

Porque gestionar un sistema como el Domo exige disciplina, conocimiento y visión de largo plazo.

No basta con tener el recurso. Hay que saber administrarlo.

Y ahí es donde el país debe dar el salto.

El proyecto de ley propuesto no es un punto de llegada. Es un punto de partida.

Una base para construir un modelo distinto. Un modelo donde la ciencia guía las decisiones, donde el control garantiza la sostenibilidad y donde el valor generado beneficia al país en su conjunto.

Esta no es una discusión sectorial. No es un tema exclusivo del sector pesquero.

Es una discusión sobre el modelo de desarrollo nacional.

Sobre si Costa Rica quiere seguir observando cómo cambian los sistemas globales o si decide entender esos cambios y actuar a tiempo.

Porque el mundo no va a esperar.

La reorganización de los océanos ya está en marcha. Las oportunidades se están redistribuyendo.

Y los países que tomen decisiones tempranas serán los que definan su lugar en el nuevo contexto global.

Costa Rica todavía está a tiempo. Pero no indefinidamente.

Mirar al mar no es una opción. Es una necesidad estratégica.

Pensar en grande tampoco es un lujo. Es la condición mínima para estar a la altura del momento histórico que estamos viviendo.

Referencias

[1] Naciones Unidas. (1982). Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Montego Bay, Jamaica: Naciones Unidas.

[2] Food and Agriculture Organization of the United Nations (FAO). (2022). The State of World Fisheries and Aquaculture 2022: Towards Blue Transformation. Rome: FAO.

[3] Stukel, M. R., Barbeau, K. A., Knapp, A. N., & Landry, M. R. (2016). The Costa Rica Dome: A physical-biological hotspot in the eastern tropical Pacific. Progress in Oceanography, 138, 235-251.

[4] Fiedler, P. C. (2002). The annual cycle and biological effects of the Costa Rica Dome. Deep-Sea Research Part I: Oceanographic Research Papers, 49(2), 321-338.

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